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Material sagrado

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SOBREMESA

Mis tías paternas eran muy beatas y muy gordas. Nunca se casaron y buena parte de su vida la dedicaron a los asuntos de la Iglesia, en tiempos en que el Papa ordenaba con su dedo índice qué libros estaba permitido leer y cuáles no, proscritos por pecaminosos, tendenciosos o sucios. Temerosas ellas siempre de ofender a Dios, nunca se atrevieron a tirar a la basura impresos con imágenes religiosas de Jesús, la Virgen o algunos de los santos, por temor a cometer sacrilegio o agravio.

Como aquellas eternas señoritas no gozaron de las alegrías y agobios que dan los hijos, ni debieron de aguantar las exigencias de los esposos de antes, dedicaron muchas horas de su tiempo a clasificar y ordenar lo que consideraban “material sagrado”, el cual no podían concebir fuera a dar al tonel de la basura junto con las cáscaras podridas de naranjas, cáscaras ligosas de los huevos del desayuno o los papeles manchados con flujos o inmundicias que salían de las papeleras del baño.

Después de sus rigurosos rezos nocturnos, Loly y Aída se sentaban junto a una mesa redonda dispuesta a la mitad de su habitación. Encendían la radio y escuchaban consternadas las noticias de la ‘BBC’ de Londres sobre los avances de los nazis en Europa, mientras se dedicaban a la tarea de ordenar el material religioso del día, el volante sobre el anuncio del Corpus, la estampita de San Antonio o anuncio de una posada, material que aumentaba notablemente según las fechas del año, como Semana Santa, Corpus Cristi o Navidad.

Cuando murió la última de las tías, descubrimos el producto de aquella extraña costumbre de guardar y clasificar todo lo que consideraban sagrado, pues al abrir los grandes armarios y baúles de madera de la casa dimos con cajas y cajas repletas de material religioso, impecablemente empacado y clasificado según fecha, tipo y procedencia. Docenas de paquetes amarrados celosamente con pitas, identificados con etiquetas: “Turnos de procesión de la Santísima Virgen 1925 a 1935, de La Merced y San Francisco”, “Estampitas de Primera Comunión de familiares y amigos, 1915-1940”. Calendarios, como el de Mejoral, con la imagen de Jesús con su corazón ardiente en la mano, con la leyenda: “Solo la fe salva”.

El día después que enterramos a Loly, nos reunimos en su casa. Todo parecía vacío, sin vida, aunque el canario cantaba como si nada hubiera pasado, los geranios floreaban más rojos que nunca y los pisos olían aún a gas. Entramos a su cuarto casi de puntillas para no ofender. Todo estaba intacto: la mesa redonda al centro, el radio de botones redondos y ventanita de vidrio y el último paquete realizado por Loly, con una extraña etiqueta de identificación que rezaba: “Pecado mortal y condena eterna para quien abra este paquete”. Tomé el paquete en mis manos y después de un minuto de asombro, intervino mi hermana mayor arrebatándomelo de las manos, e interpretando el deseo de la tía, lo tiró sin abrirlo en las brasas de la estufa. Desde entonces, guardo la inquietud de ¿qué secreto tan grande, tan sensible, guardaría aquel enigmático paquete que al revelarse fuera digno de tal castigo? Nunca lo sabré.

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