[theme-my-login default_action="register" show_links="0"]

¿Perdiste tu contrseña? Ingresa tu correo electrónico. Recibirás un correo para crear una nueva contrseña.

[theme-my-login default_action="lostpassword" show_links="0"]

Regresar

Cerrar

Publicidad

Columnistas

¿Saben qué?

opinion

follarismos

Yo me crié en un medio bastante abierto y liberal. Mis padres –lo he dicho en otras ocasiones– eran obreros españoles, republicanos y ateos, llegados a Guatemala en 1948. Hasta mis cinco años, vivimos en un barrio popular cerca del cuartel de Matamoros en la casa que nos alquilaba el conocido Dr. Soto, y en la que prácticamente crecí descalzo, correteando entre la fábrica de dulces de mis papás y los charcos de la calle en los que jugaba con mis vecinitos, igualmente descalzos, que a veces mi mamá invitaba a comer en casa. Quien me cuidaba en aquel tiempo era Kiko, un joven empleado indígena originario de Amatitlán, de unos dieciocho años (calculo yo), al que en el barrio apodaban el mariquita porque era homosexual, pero a quien mis padres tenían cariño porque era inteligente y voluntarioso. Nunca tuvimos problemas hasta el día en que unos tipos del vecindario le propinaron una paliza, entonces mis papás lo enviaron a Puerto Barrios,  donde él decía tener  una tía, pero nunca volvimos a saber más nada.

Después, el círculo social importante con el que pasé parte de mi infancia fue con las hijas del famoso fotógrafo francés y campeón nacional de tiro radicado en Guatemala, Paul  (Pablo) Sittler, quienes llegaron a ser como mis hermanas: Francisca y Ángela (las otras, más pequeñas, eran muy jóvenes, por eso apenas las recuerdo), con quienes jugué casita,  muñecas, cocinita, pero también pelotazos, persecuciones y peleas, sin que ninguno de nuestros padres nos prohibiera nunca nada. Fue una infancia sana y despreocupada, en las que ambas familias disfrutábamos de la bella camaradería y compartíamos prácticas y valores comunes, sin prejuicios ni convenciones sociales. Sin embargo, este clima jocoso y permisivo perdió naturalidad y se volvió áspero, rebuscado y artificial, cuando ellas entraron al colegio Belga y yo entré al Liceo Javier. Dejamos entonces de frecuentarnos y cada una y cada uno tuvimos que amoldarnos poco a poco a los usos y costumbres de una sociedad marcada por las diferencias y las injusticias sociales, la importancia del estatus, la religiosidad enfermiza, la homofobia, el racismo y la mezquindad espiritual. A mí, el paso por el colegio de los jesuitas me dejó en herencia algunos valores que atesoro, como son una excelente enseñanza y una sensibilidad hacia los problemas humanos, pero reconozco que el roce que tuve con gente ligada a las oligarquías y a las clases más opulentas del país, no hizo en general sino hacerme sentir cada vez más marciano y ajeno a ese universo de apariencias y de hipocresía marcado por sentimientos absurdos de superioridad.

Guatemala empezó a hacérseme estrecha y sofocante. Era un pueblón en el que todos estaban pendientes de lo que hacías o de lo que hacía el vecino  (cuando digo “todos” me refiero a esa exigua cantidad de gente con la que uno se relaciona directa o indirectamente toda la vida y que no suele pasar de mil personas, o sea, el equivalente a una pequeña aldea). Los militares y el Estado habían empezado ya a asesinar a los líderes estudiantiles y a los indígenas que luchaban por reformas constitucionales y sociales, ya había un miedo irracional de parte de las elites adineradas e incultas a perder sus privilegios, ya era mal visto que uno tuviese el pelo largo o tatuajes, que uno fuera homosexual o lesbiana, que te gustara el arte, que no fueras a la iglesia, que estuvieras a favor del aborto, que quisieras que te dejaran en paz, que aspiraras a vivir en una sociedad respetuosa y tolerante. Por esa razón me largué del país casi durante treinta años. ¿Y qué descubrí al volver, en 2001? Que las mentalidades y las burbujas sociales seguían igual o peor. Que dios guarde si se hacen reformas. Que dios guarde si algo cambia. Que dios guarde si viene el comunismo. ¿Saben qué? Háganme un favor: ¡Váyanse todos a la concha de su madre! ¡Para una puta vida que uno tiene, y hay que seguir aguantando esto!

Publicidad


Esto te puede interesar

noticia AFP
La hora de la verdad para Dinamarca

Eriksen visitó a sus compañeros el viernes tras su salida del hospital de Copenhague, donde fue atendido tras haberse desplomado durante un partido ante Finlandia, haciendo temer un fatal desenlace durante unos momentos.

 

noticia Helmer Velásquez
Decrépita inspección de trabajo

Largo coma inducido.

noticia AFP
Argentino Benavides se consagra

El argentino Kevin Benavides (Honda) ganó este viernes el Dakar 2021 en la categoría motos, al término de la 12ª etapa entre Yanbu y Yedá, obtenida por el estadounidense Ricky Brabec (Honda).

 



Más en esta sección

Descubierta una nueva partícula de materia exótica de larga duración

otras-noticias

Un médico revela quiénes no deberían comer melón

otras-noticias

Crean doce embriones para salvar al rinoceronte blanco del norte

otras-noticias

Publicidad