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La Antigua

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SOBREMESA

A una semana exacta de la procesión del Resucitado, La Antigua Guatemala luce desteñida y pálida, un poco,  imagino,  habrían quedado las ciudades medievales después del paso de las tribus bárbaras.

Por arte de magia, pasó el jolgorio, desaparecieron los cucuruchos, las bandas procesionales; las nubes de incienso, las campanillas anunciando helados, los  vendedores con sus estandartes de juguetes chinos; los gritones de camionetas, y los nazarenos y yacentes, tan arraigados a las devociones antigüeñas, han quedado resguardados de nuevo en sus altares.

La ciudad colonial se quedó muda. Como adormecida en el sopor caluroso de un abril que no se decide a refrescarse con las lluvias, un poco más deteriorada y muy sucia, oliendo a podrido, debido a la muchedumbre que abarrotó las calles para participar en las fiestas cuaresmales.

El problema es realmente grave y apremiante,  porque esta pequeña ciudad colonial no fue planificada para acoger eficientemente a tantas personas y no cuenta con la infraestructura necesaria  para suplir las necesidades de sus visitantes, especialmente los de a pie.

No existen espacios apropiados para el descanso y la alimentación; transporte para la entrada y salida de la ciudad y mucho menos, sanitarios dignos, capaces de atender las necesidades biológicas de quienes nos visitan.

Mi cámara de celular captó decenas de problemas esta Semana Santa: escasez de basureros y los que aún sobreviven colgados de los postes, con  agujeros y   sumamente pequeños. Los dinteles de las puertas de las ruinas, los parques, y portales convertidos en dormitorios por no contar con espacios dispuestos para alojar a los peregrinos de estación. Fue visible  como que los viajeros tomaron las calles no solo para dormir sino como decían antes, de “excusados”  por la carencias de una ciudad que no se preparó con tiempo para contrarrestar el tsunami.

Además, es  relevante  mencionar que  la ciudad está padeciendo un vacío de autoridad y de regulación,  contribuyendo esto a su deterioro físico y vocacional. De una ciudad para vivir, La Antigua se ha convertido en una netamente  comercial y con características de burdel. Una party city que despierta de noche, con “tiendas de barrio” que funcionan como abastos de licores, al servicio del cliente hasta altas horas de la madrugada.

Los antigüeños de siempre, y las postizas como yo, estamos en resistencia. Nos hemos atrincherado para que no nos corran a codazos los malos humores que corren en los aires o porque de repente y sin audiencia de nadie, al lado de casa se asentó un día  un bar, de esos que abundan ahora, con cantante en vivo y grandes bocinas para que se escuche bien la música, con horario diario de cuatro en adelante.

Con  frecuencia nos “guardamos” de noche para no pisar los vómitos con sabor a cerveza cruda que los vampiros dejan marcadas las banquetas y tememos a los fin de semana por el ruido de las fiestas ajenas a la ciudad. Ya los fuegos artificiales que adornan los cielos sabatinos saben a fiesta postiza.

No perdemos la fe y esperando las respuestas contundentes de las autoridades locales que apoyen al vecino, a quienes sustentamos la vida cotidiana  de la ciudad. Los que compramos el pan desabrido y el de manteca en las mañanas; decimos buenos días en la calle al reconocer al vecino de la cuadra, tomamos atol blanco de la casa del portón y conmemoramos la pasión de Jesús como si fuera una fiesta.

Desde el Cerro, contemplamos la majestuosidad de la ciudad de La Antigua Guatemala con sus cúpulas y sus volcanes azules ya abajo, el espejismo se esfuma: el humo negro que escupen de las camionetas ahoga, el ruido de los tuc-tuc zumban como moscas: la realidad se nos impone de repente y asusta. Siento que La Antigua se nos está escurriendo, como agua, de entre las manos.

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