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Columnistas

La sociedad no empática

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Es una imagen que he repetido varias veces al derecho y al revés: somos una sociedad invertebrada y despadrada (sin padre) que, al carecer de los cimientos y del necesario techo común que podría cobijarnos y darnos una estructura de modernidad post-feudal y cierto confort (un verdadero Estado de derecho con sus leyes), nos hemos convertido en un desparramiento de diecisiete millones de moluscos humanos sin mayor sentido de la historia, de la identidad y del vínculo común, y hemos aprendido por lo general a dirimir nuestros conflictos basándonos en el principio de que “muerto el chucho se acabó la rabia”, es decir, en un sistema de creencias, tanto entre individuos como entre grupos y clases sociales, que apuesta por la ley del más fuerte y que considera necesario agredir o eliminar al “enemigo” que nos inoportuna. Y es así como seguimos reptando –guiados por religiones y prejuicios– a través de la Historia, royendo este oprobioso túnel que se ha vuelto infernal.

“Don Raúl, le juro que yo también les habría echado el carro con ganas  encima a todos esos manifestantes que tapan el paso”, me lanza ayer en la noche un joven taxista que conozco desde hace tiempo (no es Donnerick, mi taxista habitual). “Pero no lo hacés –le digo. Hay una diferencia entre pensarlo y hacerlo. Uno puede tener fantasías homicidas o de otra índole contra o hacia muchas personas, pero no necesariamente las lleva a la práctica. Se supone que uno guarda cierto contacto con la realidad, y si pierdes ese contacto es cuando pasas al acto, o sea, enloqueces”.  Sin embargo, él repite: “Entiéndame, no estoy de acuerdo con lo que hizo el que atropelló a las niñas ayer, pero es que da cólera, usté, uno lleva prisa, uno se gana sus lenes trabajando…” Difícil discutir. Casi siempre en estos casos, sea con el taxista o con la señora de la tienda, o con el vecino, o con la empleada de casa, aparece el reflejo justiciero propio de una sociedad manipulada y cerrada, de considerar las protestas callejeras no religiosas como un atentado contra el sagrado derecho de locomoción, y surge un florilegio de presupuestos subyacentes en la psiquis de la muchedumbre: “El que muere es probablemente porque algo hizo, lo merecía; Dios no castiga así nomás, Él sabrá lo que hace; mi comodidad va primero y me pela lo que otros piensen; el respeto al derecho ajeno es la paz; ojo por ojo y diente por diente; y bueno, los socialistas están detrás de todo esto, Don Raúl, créame, la CICIG lo está arruinando todo”.

Vivimos en un enrabietado sistema de divisiones sociales y de castas irreconciliables. Podríamos separar la sociedad de muchas formas, pero hoy voy a dividirla entre los que pertenecen al imperio del automóvil, por un lado, y la muchedumbre que no tiene automóvil, por el otro. En nuestro país, todo ha sido hecho para los automóviles y muy poco para los transeúntes. Aquí, el individuo que sale a la calle y no tiene carro, se convierte automáticamente en un ciudadano de tercera categoría (de segunda categoría serían las motos y los motoristas) y su vida está en peligro permanente, por estas u otras razones. El que va en un auto se siente por lo general fuerte, prepotente y seguro, y en la jungla de asfalto aprende a ser zorro, a no dejarse rebasar, a conquistar los espacios, a refunfuñar y a echar pestes contra el carro de al lado o contra algún peatón que no reacciona. Saturados por falta de sentido de empatía hacia el prójimo, y por falta de cultura cívica, las larvas automovilizadas guatemaltecas padecen así de un doble estado de deshumanización: como ciudadanos y como automovilistas, y continuarán seguramente contribuyendo, incansables, en la perforación de este inmenso túnel que nos conduce a ninguna parte.

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