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Dispensen, pero perdonen

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EL BOBO DE LA CAJA

Últimamente he comprobado en carne propia hasta qué punto es verdad eso que dicen que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

Verán. De dos años y medio para acá me la he pasado viajando bastante. Y no me quejo: al contrario, la experiencia está siendo maravillosa en muchos sentidos (en otros, ciertamente no tanto) y la perspectiva de la realidad se me ha expandido como antes apenas imaginé.

Tomar distancia de las cosas ayuda a verlas, a comprenderlas de otro modo; y al mismo tiempo ocurre también que uno se aproxima a regiones y culturas distintas que te permiten comparar por aquí, contrastar por allá… Un universo de posibilidades novedosas se abre de pronto al alcance de los sentidos.

Nada excepcional, de hecho. Lo que describo es lo mismo que le ocurre a cualquiera que, por ejemplo, toma su mochila, se despide de la familia y con un nudo en la garganta emprende la ruta del mojado aferrándose al sueño de llegar al Norte.

Una vez hice ese viaje. ¡Se ve cada cosa! Con el agravante de que, al llegar, ya en Estados Unidos el desafío mayúsculo consiste no en empezar desde cero (como podría pensar cualquiera que considere el asunto a la ligera), sino desde menos diez. O desde menos veinte. Todo parece conspirar en tu contra: la oferta, la demanda, la educación, la xenofobia, el idioma, la migra…

Pero es peor quedarse en Guate. Y no lo digo yo: lo dicen los millones de paisanos que, con el agua llegándoles a la nariz, copados por la violencia y frustrados por no poder pasar de zope a gavilán, agarran valor y se lanzan a esa epopeya sobrehumana que incluye lidiar con coyotes inescrupulosos, mareros asesinos, policías corruptos, narcotraficantes sanguinarios, redes de esclavitud sexual, un tren cuyas ruedas te cortan las piernas al menor descuido, ríos con corrientes traicioneras y, para terminar, un desierto que te agarra cansado y te deja (si es que te deja) en trapos de cucaracha.

Digamos que esta vez la tómbola de la fortuna me aventó más lejos. Casi 17 mil kilómetros, repartidos en treinta horas de vuelo por cuatro continentes. Y digamos que sí, que el viaje es cansado, pero que no se compara con cruzar México a salto de mata, con el alma en vilo y sin documentos.

Digamos, también, que llevo más de dos años fuera, aunque yendo y viniendo con cierta frecuencia: una frecuencia insólita considerando que los pasajes son caros y los trayectos son largos. Y digamos, por último, que no me va nada mal. Que vivo tranquilo. Que estoy contento, aprendiendo mucho.

Las telecomunicaciones permiten ahora contactar a tu gente (escribirles, verlos, hablar con ellos) con un solo botonazo… o eso es lo que uno cree. Es decir, uno piensa que esa conectividad, esa inmediatez, son posibles en cualquier parte del mundo, ¿cierto?

Pues no. Doy fe. Me consta. Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Se me hace cada vez más difícil seguir el día a día de lo que ocurre en Guatemala. Tanto, que a partir de esta columna opto por dejar de referirme en exclusiva a las situaciones acontecidas allá. Me reconforta saber que cada vez hay más colegas competentes y aventados, comprometidos con el oficio y sin pelos en la lengua. Es su turno. Les toca.

Dispensen, pero perdonen.

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