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La novela total

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Viaje al centro de los libros

El novelista peruano Mario Vargas Llosa es también un agudo ensayista, autor de una investigación exhaustiva de la obra de su compatriota José María Arguedas, el autor de Yawar fiesta y Los ríos profundos, obra que quedó perfilada para siempre en el ensayo memorable titulado La utopía arcaica. El ensayo es tan fascinante como sus novelas, porque tiene el poder para hacer de asuntos que algunos podrían considerar áridos, una ocasión feliz. En el papel de ensayista, Mario Vargas Llosa analizó la obra de Gabriel García Márquez, y el Madame Bovary de Flaubert, y escribió un pequeño libro sobre su propia experiencia narrativa, dedicado a los jóvenes con inquietudes literarias, pero el ensayo donde deslumbró es el prólogo escrito en 1969, cuando tenía apenas 32 años y ya destacaba como la estrella que fue desde la aparición a sus 25 años de la novela La ciudad y los perros. Un gran novelista y al mismo tiempo un experto estudioso de la literatura, un lector que inventa sobre la invención, que descubrió en Tirant lo Blanc de Joanot Martorell y Martí Joan de Galba, la novela total.

Empieza el prólogo citando a Cervantes, quien consideró la obra como el “mejor libro del mundo”, una novela de caballerías que fue más que eso, que trascendió al género y contagió al autor del Quijote, e inspiró al autor peruano, autor de un prólogo ejemplar y soberbio donde discute sobre la soberanía de la realidad de la ficción, que es la otra realidad.

Vargas Llosa expone que la imaginación es enemiga natural del dogma, y por eso le teme el mundo oficial: “En las novelas de caballería proliferan los sueños y su función es clarísima: son las puertas de entrada a la maravilla y el milagro”. Tirant lo Blanc se adecúa a variedad de categorías sin ser ninguna en especial, porque es “múltiple, admite diferentes y antagónicas lecturas y su naturaleza varía según el punto de vista que se elija para ordenar su caos”. Vargas Llosa escribe un documento extraordinario donde analiza el texto como novela de caballerías, histórica, militar, costumbrista, erótica, psicológica, y es todas y ninguna, pero sí la novela total. El narrador es desinteresado y neutral, porque está presente en todos lados pero de manera invisible, al punto que hace desaparecer al narrador, y la ficción resulta autosuficiente, porque los protagonistas son libres, y así lo delata el lector, cómplice de nadie, en su autonomía: “la realidad de Tirant lo Blanc nos convence de que está viva”, como realidad viviente.

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