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Semana Santa

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SOBREMESA

El carro Buick rosa pálido se desplazaba como lancha por las calles de tierra del pueblo. “Despacio”, decía mi madre, mientras la ballena rosada rebotaba como pelota de hule por el camino de terracería, surcando, despacio, las zanjas del camino por donde bajaban las correntadas de agua.

El recorrido por las entrañas del pueblo se hacía largo y después de subir una empinada de tierra, en la oscuridad de la noche, se miraba, por fin, la iglesita del Calvario.

El capitán parqueaba la nave debajo de una ceiba enorme, de brazos grandes y floridos, como gigante. Una luna inmensa, llena y amarilla alumbraba la plaza en donde platicaban algunos vendedores de manías.

Entonces, Amatitlán era un poblado pequeño de casas de adobe bajitas, de techos de teja, pintadas de colores brillantes, como sus dulces de azúcar. Eran casi las siete de la noche, el calor aún era intenso y mojado, y nubes de mosquitos pululaban frente a nuestras caras.

Mi padre vestía siempre de traje completo, y en días de descanso como Jueves Santo no usaba corbata, por lo cual, antes de entrar al templo, se abotonaba de prisa el primer botón de la camisa, el que le quedaba junto al cuello, en señal de respeto porque el Santísimo estaba expuesto en el sagrario. La luz era mustia y el olor a humo de candela y a azucenas marchitas, molestaba las narices.

La escena del rezo del Viacrucis en Viernes Santo la conservo clarísima: la cola de macho de mi peinado infantil apretándome muy fuerte la cabeza y mis ojos achinados por el jalón de pelo; los pantalones de mi madre justo al borde de los tobillos, blancos, relucientemente blancos en aquel mundo de tierra y humo, y mi padre que cayendo de rodillas, casi en éxtasis, frente al altar del sagrario. Hay muchas con velas encendidas, ángeles de túnicas raídas y un cordero de pelambre sucio con gesto sufrido con el lomo ensangrentado con tinta roja sangre en medio de la escena.

Mi padre se une al murmullo de las hermanas de la caridad que rezan al unísono un rosario interminable de letanías y de “Dios te salve María llena eres de gracia…”. La iglesia está llena de mujeres rezadoras con la cabeza cubierta de perrajes de

colores.

El rezo tiene un ritmo cadencioso. Las cofias aludas de las monjas vestidas de azul oscuro se mueven como palomas a punto de iniciar el vuelo, a ritmo del “Infinitamente sea alabado, mi Jesús sacramentado”. Mi madre se sienta en una banca a esperar que mi padre finalice sus interminables rezos, su blusa es floreada en diversidad de tonos naranja fuerte. Nubes de incienso, polvo y humo opacan la escena.

“Es la hora del Viacrucis” anuncia mi padre y todos le seguimos. Nos situamos en el cuadrito de marco café con un numeral romano uno con el cromo de papel con Jesús maniatado y con corona de espina. Viste una túnica muy roja. “Primera estación”, dice mi padre, “Jesús es sentenciado a muerte”, y todos caemos al suelo de rodillas. “Te adoramos Cristo Jesús y te bendecimos”, dice el coro familiar, mientras yo me fijo en las ranuras negras y disformes que unen los ladrillos rojo y amarillo del piso. Me duelen las rodillas y, no logro explicarme que hace un romano con lanza en la escena.

No logro alcanzar los rezos que dirige mi padre voz en cuello, y no me interesa. Me maravilla el prodigio de la historia del camino del Gólgota: El desconocido Cirineo que ayuda a cargar el madero. El beso traicionero, salivoso y maloliente de Judas. La palangana de metal rebalsada de agua del gordo Pilatos; la primera foto de Cristo, la que queda impresa en el paño que le ofrecen las mujeres; el odioso mal ladrón cuyo destino único es el Infierno, la lanza del romano atravesando el costado de Cristo y la esponja amarilla, rebalsada de hiel y de vinagre, tan pero tan ácida, con la que tratan de mitigar la sed del nazareno.

Salíamos extenuados del rezo del Viacrucis. La nave rosada de cromados plateados aguardaba para comenzar el camino de regreso al lago. Mi padre sigue imbuido en sus pensamientos; mis hermanos no dejan de pelearse y se sacan la lengua, y ya en el carro oigo de nuevo, el suspiro profundo de mi madre de “en esta vida, todos necesitamos nuestro Cirineo”.

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