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Algunos sí lo saben

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EL BOBO DE LA CAJA

Uno nunca sabe en última instancia para quién trabaja. Días atrás, bordeando el monumento a Bob Marley que algún político deschavetado mandó erigir aquí en la ciudad donde vivo, recordé el documental sobre la vida y obra del artista en donde alguien hacía ver que su música, pese a enarbolar un discurso en pro de la emancipación de los afrodescendientes oprimidos, acabó siendo consumida sobre todo por juventudes blancas de clase media, acomodadas en una utópica nube de paz, amor y marihuana.

Algo similar exponía S. Žižek en su libro La revuelta de la burguesía asalariada: la protesta anticapitalista de estos últimos años de crisis económica global no ha sido conducida por los campesinos sin tierra ni por los proletarios desahuciados, sino por los pequeñoburgueses que temen decaer al nivel éstos últimos. “Aunque sus reclamaciones están nominalmente dirigidas contra la lógica brutal del mercado, están en efecto protestando contra la erosión gradual de su posición económica políticamente ventajosa”.

Pienso ahora en las gestas cívicas de hace dos años y en el bloque urbano (menguante, pero todavía vivo) que lo hizo posible. Pienso en cómo la candidez (travestida de virtuoso pragmatismo) de los indignados se amancebó felizmente con la injerencia (camuflada de generoso apoyo) de las potencias mundiales coludidas para que Guatemala mejore de aspecto y cambie, sí; pero sólo de grado, no de raíz.

Pienso en Todd Robinson haciendo obsceno alarde de la impunidad que dice combatir, asegurando que la soberanía de nuestro país está de último en su lista de prioridades. Pienso en la canción aquella que denuncia a los “hombres de paja que usan el honor para ocultar oscuras intenciones”.

Pienso en Iván Velásquez y su lucha contra esa corrupción que, dice él, no tiene ideología… aunque no podrá negarme nadie que la ideología detrás de todo combate a la corrupción se mide en razón de quiénes son los investigados –y, sobre todo, en razón de quiénes no están siéndolo.

Pienso en Thelma Aldana y su furtivo vínculo con cierto sector de la élite económica (Thelmita, la llaman ellos) que presionó a favor de su nombramiento como fiscal general del MP. Pienso que a lo mejor hay gente que sí sabe para quién trabaja. Lo sabe perfectamente. Y actúa en consecuencia.

Pienso en el poeta Roque Dalton y su lapidaria descripción del poder establecido y de quienes orbitan a su alrededor sea como sirvientes, como payasos o como enemigos.

“El payaso”, señalaba Roque, es un sirviente dizque independiente “que nada maneja mejor que los límites de su propia libertad”. El sirviente, en cambio, “puede tener librea de lacayo o de ministro o de representante cultural en el extranjero”, mientras que el enemigo es “el que reclama su pago, no en halagos o en dólares sino en persecuciones, cárceles y balazos”.

Veo que Dalton también tuvo bastante claro para quién trabajaba. Yo, por mi parte, no estoy tan seguro. Sé que no me va el membrete de sirviente ni el de payaso, y sé que me canso cada vez más de jugar el rol de enemigo.

¿Y usted?

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