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Amores radiactivos

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Hay pasiones cargadas de radiactividad que están fuera de la realidad  y de la cordura. Por ejemplo, tenemos el amor que Maribel S. (los nombres son ficticios), esbelta y canosa dama de casi setenta años, profesa por el que fue su vecino en el barrio de La Merced en la época del terremoto en 1976, un apuesto chico de origen italiano que tendría entonces diez menos que ella, es decir, veinte años de edad. Nadie sabe a ciencia cierta cómo y qué tanto llegaron a conocerse, o si se concretó alguna vez algún tipo de romance, el caso es que desde que René M. –nombre del apuesto galán– partió de esa casa hace una veintena de años, Maribel S. está convencida de que él sigue viviendo allí y pasa cada día –es decir, ¡todos los días del año!– tocando el timbre con la esperanza de que él le abra. En otros momentos, tan solo toca el timbre y deposita debajo del portón alguna carta o tarjeta postal con mensajes de amor.

Resulta que la vivienda de la familia de René –desde cuya terraza se vislumbran las hermosas cúpulas de la iglesia de La Merced situada apenas a media cuadra–, es justamente la casa donde un pequeño grupo de interesados por la filosofía y por asuntos del conocimiento nos reunimos cada quince días a leer y a discutir textos que tienen que ver con la sobrevivencia del espíritu y de la inteligencia en un mundo cada vez más atrapado  en la superficialidad, la corrupción y la idiotez. Y siempre, con precisión milimétrica, a la una de la tarde, cuando estamos a punto de hacer la pausa para el sagrado almuerzo, suena el timbre con premura, como si se tratara de una urgencia, y nos arremolinamos frente al monitor del circuito cerrado de televisión que está en la cocina para contemplar con asombro la figura elegante de Maribel S. en la acera, vestida de negro, con los ojos desorbitados clavados en el timbre, esperando el milagro. Esperamos así cuatro o cinco minutos eternos hasta que se marcha con expresión molesta y resignada, haciendo gestos con las manos.

El actual propietario y anfitrión de la casa nos indica que en más de una ocasión se le ha abierto la puerta para explicarle que René hace tiempo que no vive allí, pero ella está convencida de lo contrario, y afirma que él se esconde y no quiere afrontarla. Reclama asuntos pendientes y hace reproches ininteligibles, afirmando con el rostro desencajado que está harta de tanto esperar, que su paciencia está llegando al límite. Hace un par de meses, se plantó frente al portón negro con una tiza y escribió en él en grandes letras de molde: “Cumplí contigo, me robaste veinticinco años de mi vida, cumplí lo pactado con Dios y con el Diablo, mi alma está en paz”. Uno hubiera pensado que entonces la frecuencia de las visitas bajaría, pero fue al contrario: ahora no solo toca el timbre a la una de la tarde, sino también a las dos de la tarde, al parecer después de haber hecho las compras ahí cerca. Algunas personas la han visto después caminar hasta la Avenida Elena, doce cuadras arriba, donde aparentemente vive ahora.

Por supuesto que no todos los amores son de esta especie, pero de que los hay, los hay, y viven saltándose las fronteras de la realidad. Sin llegar a extremos como el de Maribel, he conocido a personas –sobre todo mujeres– que después de cinco y diez años de ruptura amorosa no han logrado hacer su duelo y continúan arrastrando pesados fardos de frustración y de rencor. Tuve una paciente, la pobre, que no cesaba de consultar a echadoras de cartas y a brujos para que le leyeran el futuro y le hicieran “limpias” y “trabajos” con el propósito de recuperar a su marido tras quince años de divorcio. Cosa inútil, por supuesto, y contraproducente. Amores atómicos, que les llaman, y que destruyen lo que tocan. Por suerte que ni usted ni yo somos así, ¿verdad?

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