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Columnistas

Descenso a los infiernos

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Nos creemos cómodamente instalados en el siglo XXI, pero el hecho es que en este mismo  momento coexisten en el país realidades y representaciones del mundo que corresponden a épocas históricas ya pasadas, como si la sociedad entera y nuestras mentes estuvieran compuestas por compartimentos o por estratos geológicos yuxtapuestos que nos aplastan el cogote e influyen cada uno en áreas específicas de nuestras prácticas y creencias, provocando tales disociaciones y cortocircuitos en el sistema, que imposibilitan el funcionamiento eficaz del todo.

Por ejemplo, en el plano económico y social, observamos la persistencia de conflictos y modos de vida de tipo feudal (a través de la problemática latifundio/minifundio relativa a la tenencia de la tierra, como en los siglos 15, 16 y 17), constatamos una moral conservadora y representaciones religiosas de los siglos 18 y 19, descubrimos opacos y complejos conceptos del siglo 20 (“derechos humanos”, “estado de derecho”, “ciudadanía”, “niñez”, etcétera), y nos estrellamos con una inmadurez espectacular en la esfera de lo político, tanto desde el Estado como desde la Sociedad Civil, lo que nos conduce a la imposibilidad de edificar una democracia sólida en el sentido moderno de la palabra. Es decir, somos un país semifeudal, con una moral del siglo dieciocho, con ideologías e instituciones del siglo diecinueve, además de algunas tecnologías e industrias del siglo veinte –incluidas las del narcotráfico–, y con una vasta cultura de corrupción fraguada a golpes de impunidad en acero inoxidable.

Un sistema así, con una maquinaria psicosocial tan anacrónica, no puede funcionar durablemente sin sabotearse a sí mismo o sin autodestruirse, sin hacerse el harakiri. Lo que pasa es que no se trata de un suicidio brusco y definitivo, sino de un proceso lento y largo, como los fenómenos de desertificación, de calentamiento global, de sequía o de agotamiento en lo que se refiere a los recursos naturales, o como los procesos de idiotización progresiva, de pérdida del sentido de lo global en beneficio de lo particular, de exacerbación de los intereses individuales y gremiales frente a lo colectivo, del avance del analfabetismo junto con la exacerbación de lo mágico y lo irracional (incluidos aquí el auge de las religiones y los nacionalismos), y una pérdida del sentido de la crítica, del diálogo y de la solidaridad, sumado a un retorno a las políticas más reaccionarias y oscurantistas de la historia en lo tocante al desarrollo de los recursos humanos, sociales y políticos.

Todo está yéndose al carajo. La entropía social fabrica cada vez más desorden e inestabilidad, lo que se observa en los grados de violencia incontrolables que vivimos y en las concepciones delirantes que circulan a modo de propuesta para la solución de dicha violencia, a saber: que hay que exterminar de inmediato y sin miramientos a todos los mareros y delincuentes del país, o sea, la condena airada de lo que son los efectos sin tomar en cuenta las causas o su origen, la supresión ilusoria de los síntomas a través de la misma violencia que rechazamos. Lo terrible es que si nos quedamos en ese nivel y no intervenimos las bases de la locura que está enquistada en los sótanos del sistema, y si encima no llegamos a inspirar y a construir una nueva racionalidad política –un movimiento de masas y un partido– que nos ayude a vislumbrar que otro tipo de sociedad es posible, nadie frenará –ni la CICIG, ni el gobierno de Estados Unidos, ni los marcianos– el inevitable y vertiginoso descenso a los infiernos.

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