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Las niñas tremendas

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Lado b

Las menores encerradas en el fatídico Hogar Seguro Virgen de la Asunción son “niñas tremendas”, dijo en un telenoticiero una de las monitoras de este centro de protección de la infancia. De acuerdo al Diccionario de la Lengua Española, “tremendo” puede significar varias cosas: “Terrible, digno de ser temido” o por el contrario, “Digno de respeto y reverencia”. También el adjetivo puede aplicarse a un niño  “Muy travieso” o coloquialmente a algo “Muy grande y excesivo en su línea”. Durante buena parte de mi infancia, yo siempre quise ser un niño tremendo. No sé si lo logré, pero puse todo mi empeño. El término, para mí, estaba revestido de un aura romántica. Es decir, me remitía a la aventura, al riesgo, al ingenio, a la rebeldía, a ser uno mismo en un ambiente que te oprimía y te reducía a poca cosa. Ser tremendo era parecerte un poco a Huckleberry Finn, vivir la niñez en todas sus posibilidades y no solo quedarte frente a la pantalla de la televisión observando cómo eran de privilegiadas las vidas de los otros. Las de aquellos que podían bailar, cantar, retozar, vestirse así o asá, retar al mundo de los adultos sin mayores consecuencias.

Y sí, las niñas del Hogar Seguro son tremendas porque son niñas y el hecho de ser niñas y tremendas no es justificación para que se abuse de ellas y se les trate como a delincuentes y mucho menos para que se les abandone en medio de las llamas con las consecuencias criminales que ya todos conocemos. Pero ser tremendo en Guatemala no te convierte en Huck Finn, sino en “sujeto de alta peligrosidad”, de acuerdo a la chata mentalidad de los guardianes del sistema y las buenas costumbres. Para los representantes de la autoridad en este país –del presidente al policía– los niños abusados, problemáticos, abandonados, pauperizados, degradados, intimidados, enfurecidos por su situación, tremendos, no merecen un “hogar seguro” sino la cárcel, la tortura, el exterminio. Toda tribu sabe que para sobrevivir a las calamidades –los ejemplos abundan–, la primera regla es proteger a sus infantes, no hacerlo es condenarse inevitablemente al desastre. Aquí el Estado protege a los niños poniéndolos en manos de pistoleros inquietantes. En una tétrica fotografía de los monitores (o celadores o guardianes o cancerberos) del “Hogar Seguro”, publicada en este medio, aparecen cinco o seis tipos armados hasta los dientes que más bien se asemejan a la pandilla de la muerte. No son guardaespaldas, ni sicarios, ni bandoleros fuera de la ley, aunque lo parezcan, sino trabajadores de la Secretaría de Bienestar Social de la Presidencia que se encargan del destino de niñas y niños rescatados de la violencia social o familiar de la que han sido víctimas. La paradoja es demencial.

La noche antes de morir calcinadas, las niñas del Hogar Seguro Virgen de la Asunción cantaban, para levantarse el ánimo, canciones de Los Bukis. Un video las muestra en las puertas de la institución, bullangueras, temerosas, juguetonas, gastándole bromas a la Policía. Habían intentado fugarse horas antes, pero fueron atrapadas por las fuerzas de seguridad. Las tienen ahí arrejuntadas masticando su frustración y su fracaso. “No lloremos, muchá, tenemos que estar felices”, grita alguna. Esa felicidad, para ellas, es el último gesto de resistencia. Quieren demostrar que, a pesar de los abusos y los golpes y las humillaciones, no están quebradas por dentro. Que no han podido con ellas. Que se encuentren donde se encuentren seguirán gritando y cantando aunque todos quieran callarlas. Que son, en verdad, tremendas.

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