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¡Qué difícil pregunta ante la tragedia de esta semana en la que más de treinta niñas perdieron la vida quemadas dentro de un “Hogar” estatal que debía resguardarlas de los peligros del mundo! ¡Vaya paradoja! ¿De quién es la responsabilidad? Las voces airadas gritan: “Crimen de Estado”. Otras: “Culpa de todos, pues todos somos el Estado”. Creo que ambas tienen razón, ya que las responsabilidades están distribuidas a lo largo de los diferentes círculos de poder: una responsabilidad principal de un Estado cuasi-fallido en una sociedad de capitalismo feudal incapaz de garantizar la seguridad de sus ciudadanos en ningún ámbito, otra de un Gobierno inepto que obedece a intereses oscuros, y otra de unos funcionarios o una burocracia corrupta enquistada en las instituciones de los poderes estatales, cuya preocupación principal es su propio ombligo. Y afuera de estos tres círculos, pero nutriéndolos, una sociedad civil variada y compleja, poco o nada organizada, carente de mecanismos eficaces de comunicación y de control de los tres poderes del Estado, sin formación ciudadana, sin cultura política, sin hábitos para analizar tanto los problemas que nos afectan como los discursos hegemónicos, una población que es copartícipe de la situación en la que nos encontramos, puesto que los políticos y el personal irresponsable que señalamos como principales culpables de lo ocurrido viene de nosotros, no proviene del planeta Marte, y lo que estamos viviendo no es una película de vaqueros donde unos son los buenos y otros los malos, aquí todos tenemos vela en este entierro.

Más que maldad propiamente dicha, para mí lo que está al origen de la mayoría de tragedias que ocurren aquí es la cultura de corrupción material y moral que se expresa en negligencias e irresponsabilidades múltiples, en ausencia de compromiso, en egoísmos, en indolencia, en carencia de escrúpulos, en hipocresía, en lambisconería, en manipulaciones, en chantajes y sobornos, y esto en TODOS los niveles de la sociedad, tanto del sector público como del privado. Por ejemplo, en mi caso personal, de diez citas que me piden los pacientes, en promedio tres o cuatro fallan (¡o sea, el treinta por ciento!), y ni siquiera avisan o se excusan por ello. ¡Se les olvidó o no tenían ganas! En un grupo de trabajo en el que somos diez personas, por lo general faltan cuatro, ya que siempre encuentran alguna explicación para justificar su ausencia. Y de las seis que vienen, tres llegan con retraso de media hora mínimo, pretextando cualquier cosa. Y esto, SISTEMÁTICAMENTE. Ok, quizás logremos botar nuevamente al presidente inepto actual de nuestro país, pero, ¿a quién pondremos en su lugar? Despedirán a los responsables del drama de esta semana. Ok. Pero ¿quién los va a sustituir y hasta cuándo, si sabemos que en el próximo gobierno van a ser reemplazados? Además, intuimos que no es un problema de personas solamente, sino que esto tiene que ver con las reglas globales del juego, con la estructura y el funcionamiento de todo un sistema. ¿Lo vamos a cambiar de un plumazo, de un trancazo, de una patada? ¿Vamos a ir a tomar el Palacio de Gobierno? ¿Nos vamos a disfrazar de aguerridos revolucionarios? ¿Para hacer qué, concretamente? ¿Y quiénes? ¿Con qué fuerzas políticas?

En lo inmediato, creo que no podremos sino pedir cuentas y exigir justicia. Sin embargo, me temo que el dolor pasará pronto, y en este país de tragedias a repetición, las cosas retomarán su curso como siempre ha sido, y como sucede cuando no hay instancias (nerviosas, las llamo yo) que hagan de puente o de bisagra entre la Sociedad Civil y el Estado: es decir, los partidos políticos de verdad. Son estos los que deben de plantear y canalizar un proyecto de sociedad, y reconciliar a los ciudadanos con la política en el sentido más noble: el de la búsqueda del interés común. Sin estos instrumentos esenciales que tomará mucho tiempo construir, ningún cambio de fondo será posible ni durable.

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