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Por qué soy cucurucho

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Lado b

Se me ha vuelto habitual durante el tiempo de Cuaresma,  que alguien venga a preguntarme cómo llevo eso de cargar procesiones y, por otra parte, definirme como ateo o no creyente. La mayoría de las veces, debo reconocer, la pregunta no tiene el objetivo de confrontarme sino que surge, lo intuyo, de una sana curiosidad por explicarse ciertas cosas. Esta vez me lo preguntó, en muy buena onda, la gente de Relato gt, un excelente medio digital, y por ahí anda circulando un texto en donde intenté explicarle al amigo Gabriel Arana mi posición al respecto. Mi explicación es o se lee un tanto caótica, es por eso que aquí trato de extenderme en el asunto.

Empecemos por lo de ateo o no creyente. La verdad, no me defino exactamente como ateo o no creyente, sino como librepensador, es decir más del lado de Voltaire y de Spinoza. Aunque es posible que no vaya más allá de ser “un tipo contradictorio”. Si algo reivindico es la contradicción, para mí la esencia del ser humano. Y, bueno, digamos que ante todo soy humanista. Esto, al menos, lo puedo comprobar mostrando mi carné de pertenencia al Colegio de Humanidades. Del ateísmo me aburre (este es el término correcto) ese lado militante, esa especie de fundamentalismo llamémoslo científico. Razones similares me llevaron a desligarme, a los 18 o 20 años, de la doctrina católica, y más tarde de algunas posiciones políticas y hasta de mi curiosidad por el sicoanálisis. En cuanto a lo de no creyente, pues tampoco es del todo cierto. No creo en los dogmas de la religión institucionalizada, pero sigo creyendo en muchas cosas. Debo de ser un ingenuo de campeonato, pero aún creo en la capacidad de la gente para crear un mundo más humano y más digno para todos.

Le respondí a Gabriel que yo soy cucurucho –lindo término para definir al cargador de procesiones– porque soy antigüeño. Es decir soy un cucurucho antigüeño. Es una de las pocas cosas que me van quedando para reconocerme en esa ciudad, que es el sustrato de lo que soy y de lo que escribo. Lo mío, dicen los cuates, se llama obstinación. La Antigua que yo viví, ya se acabó. O por lo menos no tiene mucho que ver con esa especie de parque temático en que la han convertido. Pero yo me sigo aferrando a la idea de que, a pesar de todo, era una linda ciudad. Un territorio con el que podías mantener relaciones pasionales, de amor y odio profundos. Una ciudad tan chiquita y encerrada que te daba hambre de muchas cosas, que paradójicamente te abría al mundo, que te invitaba a la fuga. Por otra parte, el hecho de vivir con un pie en la Edad Media y el otro en el siglo XX, te retorcía el espíritu, te confería ese humor cínico y oscuro para enfrentar la adversidad, a lo Batres Montúfar.

La anécdota ya la he contado algunas veces, pero la repito. Cuando regresé a Guatemala, en los años noventa, luego de mucho tiempo fuera, la actitud más digna que encontré para reintegrarme y reconciliarme con la ciudad –de la cual, confieso, había salido huyendo–, fue sumarme anónimo y en silencio al cortejo procesional de San Felipe (por historia, la procesión de los artesanos, de los obreros, de los indígenas…). Quería sentirme parte de una manifestación poderosa. La música, los tambores, el olor del incienso, las andas, el Cristo Sepultado, el ritual me remitía a mis orígenes. Luis Buñuel, mi cineasta favorito y el ateo más divertido y contradictorio del siglo XX, también lo había hecho en Calandria. Yo siempre he seguido las enseñanzas del maestro.

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