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Columnistas

“Cabeza pelotatripadecoche”

opinion

SOBREMESA

Guayito se quedó niño toda su vida: risueño, amable, ingenuo y baboso.

Los tristes augurios del médico que lo trajo al mundo, cuando interpretó como fatal el llanto quedito de cuervo triste del recién nacido, en lugar de la catarata sonora de gritos con la cual los niños estrenan la vida, sumado a su descomunal cabeza, se cumplieron con el paso del tiempo, ya que Guayito no rebasó los 75 centímetros de altura, su cabeza siguió creciendo y sus sentimientos y elocuencia infantil se quedó estancada como de un niño de cinco años: de allí su mote de por vida de niño Guayo.

El niño Guayo fue feliz en su casa de dos patios, altos ventanales al parquecito Santa Catalina, un triciclo rojo que una de sus tías le regaló al pequeño cuando cumplió diez años, y sus gallinas, las cuales no solo surtían de huevos para el consumo de la  familia y del negocio de venta de nuégados, chimbos y yemitas, sino para divertir a Guayito, quien podía entrar al reino de las gallinas, al gallinero, únicamente después de que Ofelia, la nana y cocinera sempiterna de la casa, había recogido con todo cuidado del mundo las dos docena y media de blanquitos que a diario regalaban generosamente las gallina ponedoras de la casa.

Ya que los huevos se encontraban reposando en la cocina sobre la canasta dispuesta con suficiente cama de pino para no estropearlos, Ofelia abría la puertecita de malla del gallinero para que Guayito procediera a alimentarlas: lluvia de maicillo y el maíz blanco para que almorzaran y agua fresca en los cubetones de lata. Pero lo que más le gustaba al pequeño era que los plumíferos lo reconocieran, que se pusieran contentas al verlo, y lo mejor de todo es que se dejaban atrapar por el pequeño para que las acariciara como si fueran perros, lo que no sucedía cuando se trataba de niños, la fascinación de Guayo, los que al verlo salían corriendo muertos del susto por demasiado cabezón para su altura y chorreando babas que caían directo en su descomunal babero de niño grandote.

Todas las tardes, cuando se habían entregado ya los pedidos de dulces del día a las dulcerías de El Centro, las  espumillas gigantes de color rosado salpicadas de anisillos de colores y los africanos con canela. Rosita sacaba a jugar a Guayo al  parquecito de las jacarandas y matilisguates que quedaba frente a su casa.

Pero los niños nunca aceptaban que Guayo participara en sus juegos, ni a la  pelota, las escondidas o el aprietacanutos, por cabezón y baboso, por lo que Guayo permanecía sin moverse al lado de su madre, sentadito en una de las bancas, agarrado de la punta de la enagua y del delantal, solo viendo a los niños revoloteando por el parque, algunos con patines o patinetas, zumbando como cachinflines al lado del pequeño niño Guayo, quien de lo feliz de verlos se le caía más la baba.

Zumbaban a su lado. Lo acorralaban con sus vueltas, los patojos le rozaban la nariz gritando a grito pelado, cada vez que pasaban,  el estribillo canalla de Guayo, Guayito, cabezapelotatripadecoche; Guayo, Guayito, cabezapelotatripadecoche, insulto que el niño no llegaba a entender sino al revés,  hacía  que se destornillara a carcajadas, mientras Margarita, su madre, lo abrazaba con fuerza, con todo el amor que una madre puede sentir en este mundo, mientras se limpiaba, con la puntita del delantal de cuadritos azul y blanco, una lagrimita indiscreta que se le escapaba del ojo izquierdo, escuchando el sonsonete de Guayo, Guayito, cabezapelotatripadecoche resonándole, se le iba convirtiendo en catarata de llanto de agua salada.

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