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Columnistas

El niño Guayo

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SOBREMESA

El niño Guayo vivía en una casa de altos ventanales y balcones de hierro con adornos geométricos, con vista a un pequeño parque sembrado de jacarandas y matilisguates.

Todos le llamaban “niño Guayo”, pues a pesar de sus años, su cuerpo no había crecido proporcionalmente al tamaño de su cabeza, con el agravante que tenía deformes lengua y dientes, lo que le impedía hablar, logrando balbucear únicamente algunos sonidos y escasas palabras monosílabas. Cuando intentaba comunicarse, las personas daban un paso para atrás, pues era tan grande la cantidad de baba ligosa y transparente que le salía de la boca y nariz que la gente temía que los salpicara.

Era muy amable y cariñoso, siempre dispuesto a dar la mano para saludar o intentar entablar conversación con el dueño de la panadería o la señorita de la tienda de enfrente, aunque Guayo solo movía su cabezota de niño trasnochado, rapada y con flequillo, para afirmar o negar algo que la gente amablemente simulaba comprender para condescender con el muchacho y su madre.

El niño Guayo era muy querido en el vecindario, sobre todo por los adultos, no así por su padre, quien se avergonzaba de haber traído al mundo aquel adefesio que babeaba como elefante, al punto que su madre le mandó a confeccionar con la modista que vivía frente al Conservatorio unos baberos inmensos de toalla forrados con ahulado, para que no mantuviera el pecho mojado.

Para cuando de Guayo cumplió los nueve años, su madre, doña Rosita Benítez, era ya una viejita de ojos negros de mirada de águila, de pocas carnes y más bien de confección huesuda. Con el cabello rizado completamente blanco, finita y pequeña de estatura, pero de armas tomar, quien cuando supo cuál sería el futuro de su pequeño muchacho, lloró sin consuelo encerrada en la habitación de su casa por tres día y sus noches, y después, cuando sintió que dentro de su cuerpo no tenía una lágrima más que vomitar, se secó los ojos con un pañuelo y haciendo de tripas corazón, irrumpió en el despacho de su esposo, quien se entretenía leyendo la cartelera del cine, y le dijo que si él no aceptaba a su hijo tal cual se los había mandado Dios, las puertas de su casa estaban abiertas para que saliera de patitas a la calle con todo y sus petacas, porque al fin del cabo, la casa era de ella, y estaba dispuesta a que Guayito gozara lo que la vida le pudiera ofrecer.

Por lo que se sabe de la historia del niño Guayo, el esposo de Rosita, un señor de bigote ralito, abogado que además de gozar de muy mala reputación en asuntos legales padecía de una tremenda halitosis, de nombre Arnulfo Reinosa, al oír aquella declaración familiar, ni corto ni perezoso, esa misma tarde llamó un taxi de los del Hotel Palace y empacó sus bártulos huyendo a la hora de la misa, dejándole a Rosita una nota manuscrita encima de la mesa del comedor, en la que decía: “Muchas gracias, que Dios te ayude”, y firmaba: “Arnulfo”.

Rosita mandó a llamar a sus hermanas para que le llegaran a echar la mano en la crianza del niño. Habían aprendido el arte de la dulcería con unas monjas carmelitas que se habían hospedado en su casa mientras terminaban de arreglarles el convento, y las monjitas, para aliviar las continuas horas de rezos y plegarias, enseñaron a las niñas de la casa el arte de la dulcería: el punto exacto de bolita dura para el turrón de miel, las espumillas pequeñitas horneadas en tablas de madera húmeda sazonadas con su rayito de limón, además de tocinitos de cielo, yemitas de San Liandro y otra variedad de hojuelas y golosinas, cuyas recetas permitieron a Rosita y sus hermanas, en estado de soltería resignada, trabajar para sacar adelante a quien todos en el barrio llamaban el Niño Guayo. (Continuará…)

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