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Columnistas

Felices delirios programados

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He de confesar que mi artículo de hoy está motivado, en gran medida, por la columna que mi amigo y filósofo el Dr. Armando de la Torre escribió hace dos días en este mismo diario, intitulada: “A un humanista bueno que no comparte mi esperanza”. En ella, Armando nos hace partícipes –con especial atención a mi persona– de su concepción sobre lo que podría o debería significar la fiesta de la Navidad, en contraposición a mi visión crítica y desencantada de este acontecimiento que en algún momento califiqué como “periodo de delirios programados”, pensando más en el fenómeno comercial que representa, y no en la tradición que significa.

Armando desarrolla en dicho artículo una reflexión bastante “abstrusa” –como él mismo la califica, aunque conmovedora–, alrededor de ciertos valores, convicciones y lecturas que provienen de la fe católica que él profesa, y que lo llevan a considerar la Navidad como una fiesta en la que se celebra el nacimiento de Jesús, una “Persona divina que se hizo una con la persona humana”, y que años después se dejaría morir para heredarnos el ejemplo y el fundamento de una ética que nos muestra el camino de la redención y del perdón ante Su (nuestro) Padre respecto al pecado original (ofensa terrible de desobediencia, según tengo entendido, cometida por nuestros abuelos), devolviéndonos así a los seres humanos –personas libres y responsables que somos–, la posibilidad de gozar, algún día, de la vida eterna.

A pesar de haber sido educado en colegio de curas, las celebraciones de la Natividad nunca tuvieron para mí ni para mi familia una significación particularmente religiosa, pues en la práctica estas actividades tenían un carácter híbrido, mezcla de religión y de paganismo, marcadas por la aparición fantástica de ese curioso personaje que era Santa Claus y que, de alguna manera, sintetizaba las ideas infantiles que el imaginario popular tiene de dios, considerándolo como un viejo chocho de barba canosa que reside en el cielo y que da regalitos si nos portamos bien, y que castiga si nos portamos mal. Y fue este tipo de vivencia el único contacto que el bullicio de las fiestas me permitió tener con los abstrusos misterios del nacimiento de Jesús y con los enigmas de la Santísima Trinidad, opacados por la frenética venta y compra de toda clase de chucherías, cohetes, canchinflines, e incluso automóviles Ferrari de miles y miles de dólares.

Intuyo que la preocupación de mi distinguido amigo era la de subrayar la importancia que tiene la ética fundada en la fe religiosa, superior y más sólida según las personas creyentes, que la ética natural o laica basada en las observaciones y vivencias de la vida misma. Pero al final, como bien lo demuestra el interesante diálogo realizado en 1995 entre el ateo Umberto Eco y el arzobispo de Milán, Carlo María Martini (Publicado bajo el título: “¿En qué creen los que no creen?”), existe una noción de esperanza (y de propia responsabilidad en relación al mañana) que puede ser común a creyentes y a no creyentes. Y que sintetizaríamos gracias a la famosa frase de Gramsci: “Pesimismo de la razón, pero optimismo de la voluntad”.

Para aquellos que se preguntan cómo es posible que dos personas tan disímiles podamos tener algún tipo de intercambio de esta naturaleza, he de aclarar que admiro y aprecio al Dr. Armando de la Torre precisamente porque a pesar de nuestras grandes e incluso irreconciliables diferencias de pensamiento en lo religioso, en lo social y en lo político, siempre hemos hecho valer en nuestros diálogos un tipo de cultura donde imperan la cordialidad, el respeto, la simpatía y la honestidad sin zalamerías y sin reproches o anatemas, muy lejos de los usos y costumbres normalmente dominantes en nuestro país. ¡Feliz Navidad para todos, y que el amor, la lucidez y la concordia guíen nuestros pasos en estos días cada día más delirantes y programados!

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