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Más finales felices

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lucha libre

Las fiestas de fin de año me agarraron en plena mudanza.  Así que he pasado parte de diciembre, ordenando, empacando, tirando, regalando, devolviendo, reparando y tratando de depurar un poquito mis cosas.  He tenido tanto qué hacer que ya me perdí el convivio de mis amigas de la universidad y el de los compañeros del colegio.

Mi último día en mi casa anterior coincidió con el triunfo del equipo de fútbol de La Antigua Guatemala. Por lo visto, fue todo un hito en la historia del deporte departamental porque hubo música, porras, cuetes y pitos durante toda la noche. La gente estaba tan feliz que no le importó esperar durante horas en el Parque Central y en la entrada de la ciudad colonial, para felicitar a los futbolistas. Pocas veces se ve a la gente tan animada y platicadora. Esa noche, para despedirnos de la casa, pusimos la chimenea y quemamos un montón de papeles y periódicos viejos, y hasta unos muebles completamente apolillados que se desplomaban casi con un estornudo. Tuvimos una especie de día del diablo atrasado. Estuvimos platicando, recordando historias y contando anécdotas de casas anteriores, y nos dormimos todos en un solo cuarto.

Los cambios me tienen un poco desconectada de Internet. No leer noticias tristes mejora mi humor. Y es que no sé qué podemos hacer, cómo ayudar a la gente que sufre.  Duele conocer Alepo a través del dolor de sus habitantes.  Me descompone ver las noticias de lo que viven los niños en la guerra. Parece que lo único que puedo hacer es firmar peticiones y cartas en Internet, que tendrán dudosa o nula repercusión en los acontecimientos mundiales. Mi indignación no acaba guerras. Hace casi diez años, estaba tan enojada por la guerra en Irak que organizamos una protesta frente a la embajada gringa.  Convocamos a los amigos artistas, regalamos flores y poemas por la paz.  Aunque nuestro enojo no detuvo ningún tanque, ni a los aviones de guerra, al menos nos expresamos y dejamos claro nuestra inconformidad con el sistema de muerte y violencia que se imponía.

Entro a las redes sociales solo a leer noticias tristes. Ahora es Berlín y algo de un embajador ruso asesinado en público. Me sobrepasa tanta violencia. A duras penas logro contener las guerras internas que suceden dentro de mí.

El viento me recibió en mi nueva casa, limpiando el aire. Lo escuchaba golpearse contra las láminas  y amenazar con romper una puerta o cerrar la ventana. Lo escuché silbando durante toda la noche, jugando con la electricidad que se iba y venía.

Hoy es el solsticio de invierno, tendremos el día más corto y la noche más larga del año. Es un buen momento para los rituales, para soñar con más finales felices y menos tristeza.

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