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Columnistas

La lectura y la Navidad

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Viaje al centro de los libros

La llegada de la Navidad da lugar a variadas reflexiones sobre el significado de la fecha y su perduración. El discurso de ocasión tiende a ser generalmente moralista o crítico, porque mientras la religión y las creencias canalizan el mensaje positivo invocando la paz, en un mundo envuelto en guerras; la hermandad, en una sociedad donde la sangre es apartada por diferencias insulsas, materiales, de resentimientos y celos que han abierto fisuras insalvables; de unidad identitaria, cuando los chapines destacamos por xenófilos y desconfiamos y discriminamos a los nuestros; y por el otro lado, el comercio aprovecha para mercantilizar el deseo de compartir, fabricar regalos que asombren y agraden (tal y como lo hace la Literatura), aunque sea un instante, para llenar de ilusión la noche. Quiero decir que la Navidad es un ejemplo de lo que podría significar la Literatura, tanto por lo emotivo que logra el autor y la búsqueda comercial de los editores. Ambos asombran a partir de la vivencia o experiencia renovada de las ausencias.

Una novela o cuento o poema que asombra, permite al individuo experimentar por un instante o cadena de instantes la sorpresa. El asombro que es natural en los niños, pero se pierde entre los adultos cuadrados y despojados de la magia. Las luces, los cuetes, la alegría mundana, los abrazos, desvelar regalos, produce una satisfacción momentánea similar a lo que la lectura nos da constantemente.

Si leemos al menos un libro cada semana (lo cual es muy poco, porque si multiplicamos 52 semanas por el número de años que seremos lectores activos, digamos 70 para ser optimistas, no pasaríamos de 3 mil 640 libros) no llegaríamos así ni a tocar la experiencia de la primera grada del cielo si elegimos mal, porque anualmente se publican alrededor de 40 mil novedades en nuestro idioma.

Un buen libro sacude el ánimo y asombra. Los clásicos no fallan como las novedades, no son tantos y caben en el espacio de nuestra formación. De allí, cada quien hace su Navidad cotidiana al gusto, explorando y disfrutando la lectura en un universo que se expande, y, por eso, aunque finito, tiende a percibirse como infinito.

La Navidad ya llegó, y en medio de la fruición de las compras, no hay nada mejor que aprovechar para darnos nosotros un gusto, dedicando tiempo en nuestra librería usual para elegir unos cuantos buenos libros para disfrutar del mejor asombro posible, el que se construye en la dimensión de la razón y la idealidad. Mi recomendación para este año es volver a los clásicos. Hagamos una pausa. Una escultura de fuego, que dura un instante, está bien, pero navegar en las páginas de Homero no tiene término. La Ilíada para empezar, porque opaca toda mediana actualidad. Feliz Navidad, lectores, porque somos una minoría extraña sedienta de asombro. Niños, siempre.

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