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Diente de oro

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SOBREMESA

Rosa Reina había llegado a la casa del Centro a trabajar como ayudante de cocina, cuando la sempiterna Tonita, cocinera oficial, comenzó a desvariar y a perder la memoria. Al principio, resultó guardando la carne que traía del mercado dentro del gabinete de pocillos de peltre y no en la refrigeradora, y confundía los sabores y las recetas de los guisos, las papas fritas las cambiaba por remolachas y el chirmol resultaba siendo mermelada, perdiéndose poco a poco en las nieblas y abismos del olvido, mezclando la carne de hilachas con frijoles negros, y los plátanos en gloria en un guisado pastoso y salobre que parecía pepián.

Tona se fue apagando como pajarito triste. Como canario indefenso que va perdiendo sus plumas, y cedió, sin dar muestras de resistencia ni teniendo problema alguno, las tareas de la cocina a la juvenil Rosa, quien marcando territorio, cambió de un plumazo el estilo de cocina.

Rosa dio nuevo aliento a las comidas de la casa, implementó frituras en lugar de recados, buñuelos de rezado en lugar de frutas en compota, y caldos en fuertes confortes sazonados con puñados de culantro fresco. Tona, por su parte, se desvanecía apolismada, sentadita en su silla de toda la vida, cerca de la estufa de hornillas, con la vista puesta en la ventana que la llevaba al azul del cielo y a los zopilotes; siempre silenciosa, hablando entre dientes como calavera de ventrílocuo, recitando como si fueran letanías a la Virgen del Carmen, la receta de las puntas de güisquil en recado de alguashte y la carne guisada con pimienta gorda, raja de canela y un buen chorro de naranja agria.

Rosa tomó las riendas de la cocina y dejó que Tona pasara los días cerca del fuego, sentada al lado de la gavetita de los fósforos, que le pasaba siempre con diligencia para sentirse útil, calientita entre los hervores del café hervido de jarrilla y la olla enorme del caldo.

Rosa era una muchacha alegre y galana, a quien le gustaba poner a todo volumen el radiecito Majestic color turquesa que mi madre había colocado en la cocina para que escucharan el programa de marchas procesionales en Cuaresma, el Santo Rosario a las tres de la tarde y por las tardes, a la hora del descanso, el programa de marimba “Maderas de mi tierra” que transmitía en directo la TGW. Pero como a Rosa le gustaba la alegría, la poesía pura de las rancheras y los boleros de Javier Solís, por el sentimiento y las historias que cantaba o tarareaba mientras movía la fritura espesa y negra del frijol o realizaba la tarea aburridísima de lavar con estropajo y lejía, las ollas y los platos del servicio en la pila de piedra del patio.

Cocinaba descalza, a pesar de las órdenes expresas de mi madre que exigía ponerse las chancletas, y mientras servía el cocido de verduras con pedacitos de bolovique humeante y las tostaditas untadas con espinacas en salsa blanca, no dejaba la tonada de “amorcito corazón yo tengo tentación de un beso”, haciéndole el coro a Pedro Infante mientras el resto de sus compañeras de trabajo insistían que a Rosa las alas del amor le estaban revoloteando la cabeza, y que el nombre del fulano era nada más ni nada menos que Plutarco.

Era galana. Medio tímida y coqueta, y cuando abría la boca mostraba un reluciente diente de oro. Aquel trabajo de orfebrería dental se lo había realizado un dentista de Pinula, quien además de cobrarle el trabajo de la cobertura dorada en su incisivo superior derecho, quiso de pago extra de unos cuantos besos para bonificar sus buenos oficios, propuesta que ella respondió indignada, con una cachetada. Esa historia era de mis preferidas e imaginaba la escena, su vestido floreado de fondo amarillo y rosas rojas, como su nombre; el sonido fuerte de la cachetada, y ella corriendo descalza como conejo, en precipitada fuga, por las calles empedradas de Pinula, asustada pero feliz porque al fin había cumplido sus sueños, el de tener su diente de oro.

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