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Columnistas

Ismail Kadare

opinion

Viaje al centro de los libros

El novelista Ismail Kadare inventó la experiencia de un destino llamado Albania, un país con todo un récord de invasiones, donde han llegado italianos, griegos, nazis y rusos, amén de las propias revueltas civiles que condujeron al autor a exiliarse en Francia, de donde no regresó a su patria sino hasta el final del siglo XX, tras la independencia. Sus novelas relatan la vida de la Albania de su infancia, con ese algo de realismo mágico latinoamericano, curtidos los personajes por la presencia del fantasma del dictador Enver Hoxha, y matizado el paisaje por los cambios de ideología a los que tenían que adaptarse.

En Cuestión de locura, novela que Kadare presenta como biográfica, cuenta la experiencia de un niño que presencia el envejecimiento del abuelo, recluido en una hacienda sin tierra propia a su alrededor, sentado en la otomana leyendo libros en turco, extrañando el pasado, animado por la visita diaria de uno de los gitanos que acampaban en el patio de enfrente de su casa, que llegaba a diario a tocar el violín. La historia se sucede en los días cuando el Partido Comunista gobernaba pero mantenía a sus asociados sumidos en la clandestinidad. Una tía se entera de su afiliación y él está a punto de suicidarse, pero resiste hasta cuando se hace pública la existencia de los integrantes secretos y la realidad cambia, de la vergüenza se pasa al orgullo.

De la mano del niño recorremos Albania, con la tragedia de los maestros despedidos, cuando se elimina de un plumazo los programas escolares de francés, latín y griego, y se inicia el cambio al ruso y turco obligatorios. La maestra de francés se transforma, vuelve a ser una mujer común y corriente del poblado, no ya la Madame sin apellido: “había desaparecido su sombrero de plumas y su abrigo de pieles. Del rojo de labios se despojó inmediatamente después, junto con los tacones altos que se llevaron consigo el contoneo de sus caderas”. Ella recupera su identidad albanesa y el narrador piensa que la gente siempre había fingido creer que ella era francesa o canadiense.

El niño admira a su abuelo, e Ilir, un amiguito del colegio, lo convence, luego de observar un retrato, que su abuelo era en realidad el viejo de Vlora, el primero en izar la bandera del Estado Albanés, el fundador del Estado.

Al final, el niño protagonista asiste al funeral del abuelo en un pasaje espectacular que asombra y se queda grabado en la memoria.

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