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Columnistas

El nombre de Plutarco

opinion

SOBREMESA

Don Plutarco pertenecía a una familia de comerciantes ambulantes que negociaban productos importados, especialmente telas, colchas y cubrecamas por el oriente del país. Andaban, mitad a pie mitad a caballo, recorriendo ciudades, pueblos y caseríos, llevando todo tipo de utilería de telas y mantas, conscientes de que para el éxito del negocio cada temporada del año hay un producto específico qué ofrecer y qué vender: Suéteres de lana finita para los dos minutos de frío, cuando refresca el valle del Motagua; varias piezas de satín morado o negro para los cortinajes, vestidos de santos y trajes de cucurucho para los cargadores de procesiones; sombrillas floreadas para protegerse del sol porque la lluvia escasea por aquellos desiertos, sedas y listones de colores para los vestidos de las damas para el estreno en las fiestas patronales.

Plutarco vino al mundo entre Ipala y San Luis Jilotepeque. Nació en la sacristía de una iglesia, entre la pila bautismal y un botijón de vidrio de agua Salvavidas en donde el cura guardaba el agua bendita, y una librera con algunos libros destartalados y sucios. Josefa, con un estómago redondo de luna llena, le dijo a su esposo: “Yo aquí me quedo”, con los dolores que le llegaban a la garganta y la fuente de agua bañando los ladrillos de la iglesia. El cura párroco tuvo a bien pasarla a un lugar más silencioso y discreto en donde pudiera dar a luz en presencia de los ángeles llorones que saldrían en procesión esa misma tarde, junto a la imagen del señor Sepultado de la Dulce Sonrisa.

Josefa entró del brazo del cura y de su esposo, al que apodaban el húngaro porque tenía los ojos zarcos y era alto, de pelo con destellos rojizos. La colocaron en dos bancas y le recostaron la cabeza en el almohadón de satín blanco del Señor Sepultado.

Plutarco nació en Viernes Santo, entre toques de matraca y trompetas destempladas de la banda, precisamente cuando salía cargado en brazos el Jesús Sepultado de la Dulce Sonrisa. Iba iluminado con tubos de neón blanco y muchas flores amarillas.  Algunos de los mirones se dieron cuenta que a Jesús le faltaba su almohada de satín y sus ángeles llorones.

Con el pequeño enrollado en el manto colorado de María Magdalena, Petrona le pidió a su esposo que deseaba que su hijo se llamara Jesús, por haber nacido en su iglesia y en Viernes Santo. “¡Primero muerto!”, exclamó el húngaro en cuyas venas corría una mezcla indefinida de sangres, incluyendo la judía. Lo llamaremos de cualquier forma y, volteando la cara hacia la librera del cura, se topó con el tercer tomo Las Vidas Paralelas de Plutarco, libro empastado en cuero raído y desvencijado. “Le pondremos Plutarco”, dijo con voz determinante. Y nada más que hablar. Y así mismo fue inscrito en el registro y luego bautizado, con chorrito de agua embotellada, a regañadientes del húngaro que no creía en esas cosas, porque se confesaba ateo y anarquista.

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