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Psicosis y violencias cotidianas

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Uno cree que las reacciones violentas agudas que la psiquiatría denomina psicóticas (cuando la persona está como “fuera de sí”) son monopolio de gente enferma o “loca”. Pero resulta que los mecanismos que intervienen en los comportamientos psicóticos son los mismos que, con modalidades e intensidad diversas, se dan en todo el mundo, solo que su activación hacia la violencia demente (“sin mente”) dependerá de una combinación de factores que tienen que ver con la herencia genética del individuo, la historia familiar y personal, la cultura vigente y las circunstancias particulares que la desencadenan.

En general, podría decirse que cualquier violencia, tanto verbal como física, tiene un ingrediente psicótico que los psicólogos denominamos el “paso al acto” (acting out en inglés), es decir, cuando la violencia pensada o sentida se convierte en una acción irreflexiva y compulsiva que desborda la capacidad de control del individuo, convirtiendo así a la persona que la expresa, no en sujeto de sus actos sino en objeto de sus pulsiones. Por ejemplo, no es lo mismo imaginar o desear matar a alguien que nos exaspera (lo que todos hemos hecho alguna vez), que sacar efectivamente la pistola y pegarle dos tiros, o darle una puteada de aquellas en las que el otro se queda transformado en un bloque de piedra o en estatua de sal.

En nuestra linda Guatemala, con la historia de arbitrariedades, represión y violencias de todo tipo que venimos arrastrando, con la ausencia de prácticas y mecanismos institucionales eficaces para la resolución de conflictos, con los déficits educativos que hay y la inexistencia de aprendizajes cognitivos en la familia para dirimir las frustraciones, con las carencias que tenemos en el terreno de la autoestima y del sentido de la identidad, las dos reacciones impulsivas de índole psicótica más frecuentes que expresamos ante cualquier situación confrontativa –sea interpersonal o social– para resolver el inmenso estrés que ello nos produce, son la agresión verbal o física, (si creemos que podemos de alguna manera hacer frente a la otra persona) o la huída, el evitamiento o la autocensura (si creemos que no podemos enfrentarla).

Pero el asunto es que al dejarnos llevar por cualquiera de estas dos reacciones, ya no estamos actuando como sujetos (individuales o colectivos) relativamente autónomos y dueños de nosotros mismos, sino que pasamos a jugar el papel de víctimas-objeto de la situación (o de la o las personas “desencadenantes” del conflicto), otorgándole al otro u otra el poder inmenso de regir nuestras emociones y de convertirse así, de alguna manera, en la causa de nuestra felicidad o infelicidad: “¿Ves cómo me pones? ¡Es por culpa tuya si me siento como me siento y rompo todo!” La misma estrategia mental de auto victimización se evidencia cuando el juez pregunta: “¿Por qué la mató?” Y que el otro responde: “¡Pos… cómo no la iba a matar, acaso no supo lo que me dijo? ¡Ella se lo buscó!” Convertimos al otro, pues, en nuestro amo y señor (o señora), o en el demiurgo malo que rige nuestros estados de ánimo en una relación que nos envilece e impide volar de la dependencia hacia la dignidad.

Una frase del filósofo griego Epicteto nos ayudará quizás a esclarecer lo que quiero decir: “No es tanto lo que las otras personas dicen o hacen lo que nos afecta, sino la interpretación que le damos a lo que dicen o hacen”. De manera que si comprendemos esto, tal vez logremos vivir, amar, comer y dormir mejor.

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