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Los amores de Plutarco 2

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SOBREMESA

Don Plutarco era cantineador de oficio, además de vendedor de colchas y sobrecamas. Le gustaba mucho una de las empleadas de mi casa, de nombre Rosa Reina, oriunda de Pinula, quien era descalza y usaba trajes brillosos de encajitos subidos de tono, y trenzas adornadas con moñas de satín. Era coqueta y llevaba en las orejas aretes de lunitas y estrellas, preciosos, porque en cada estrella colgante tenía engarzada una piedrita de color. “Ponte aunque sea chancletas de plástico” le insistía mi madre, por lo menos el miércoles, día deparado en casa para limpiar a cubetazos y con escoba de cerdas el patio de las azaleas.

Rosa era una muchacha galana y coqueta, que se decoraba la frente con un colochito con forma de signo de interrogación que todas las mañanas domesticaba a fuerza de un emplasto de vaselina de tarro amarillo, muy viscoso y oloroso a rosas, que compraba en el Mercado Central.

Yo de niña metiche me sentaba atrás de la puerta de la cocina, sobre un bote cuadrado de basura con tapa de hierro, a contemplar, maravillada, al mago de las ventas: el hombre alto y espigado que ofrecía su mercancía de sábanas floreadas, contando historias de caballos brillosos y negros, de ojos lanzafuegos, tan sensibles como humanos, que tenían la gracia de poder hablar con los jinetes, y de tierras lejanas cubiertas de nieve y frío, de donde venían sus abuelos, “no como esos paisajes sofocantes y desérticos de Ipala, en donde ni cactus ni lagartijas crecen”.

Plutarco bebía el café espeso y sin azúcar, de un solo trago, como si fuera aguardiente de caña, y prefería no comer pan porque decía que los intestinos le hablaban cuando los digería. Prefería quedarse paladeando el amargor espeso del café.

Antes de abrir su cargamento de ropa, se afinaba los bigotes con un poco de saliva y limpiándose las manos en las bolsa traseras de su pantalón presentaba las prendas como únicas, recién llegadas de la China: “Miren qué bonitas, con colores y diseños dignos de los reyes orientales”. Y Tona, rápidamente limpiaba con un trapo raído y sucio la mesa de la cocina donde Plutarco extendería los lienzos enormes de su mercadería.

Con manos finas de pianista y uñas curvas de águila, Plutarco mostraba la primera de las cubrecamas, la de color magenta. La extendía con delicadeza, como lo hacían en su tiempo los tenderos de los bazares persas. Ante mis ojos, la más bella cubrecama que yo hubiera visto en mi vida, con diseño de dos garzas resaltadas de color rosado tenue, con sus cuellos entrelazados y los picos unidos en pose de corazón, dentro de un paisaje acuático de ninfas y palmeritas.

“¿Quién no quisiera que estas garzas engalanaran su cama?”, exclamó Plutarco, invitando a la concurrencia a tocar la chamarra. “O miren esta otra”, insistía, y extendió otra pieza de tonos verde turquesa, con un diseño mullido de pavos reales, de colas que desplegaban su altanería, caminando muy rectos y pomposos, pero también muy juntos, por un sendero boscoso lleno de flores.

Don Plutarco vendía a plazos, lo que le obligaba a visitar a Rosa semanalmente, enamorándola con tiernas palabritas que le soplaba en el oído izquierdo, y llevándole bolitas de morro y anillos con perlitas blancas y un peine de carey que Plutarco le compraba especialmente en la tienda del turco del Portal del Comercio. “Para que no me olvide, chula, en la semana, y se recuerde bien de mi propuesta, y nunca pierdo la esperanza que un día me diga que sí.” E inadvertidamente le rozaba su ala de águila sobre la piel blanca y despercudida del brazo de Rosa Reina, quien entre toques, dimes y diretes de Plutarco, se ponía roja como un tomate y se contorsionaba de un lado para el otro como si fuera una trapecista de circo.

mariaelenaschlesinger@gmail.com

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