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Trabajé en Paris durante años como asesor clínico en un internado destinado a la orientación y reinserción de mujeres maltratadas. Eran mujeres que habían sufrido vejaciones diversas y abandono por parte de sus familiares y/o de sus compañeros de vida, y vivían un proceso acelerado de deterioro físico y psicológico. Además, un número nada despreciable de casos enfrentaba procesos judiciales por haber hecho mal uso de sus tarjetas de crédito, es decir, por no pagar los intereses. Nuestro equipo, compuesto de personal especializado en cuestiones sociales e institucionales, funcionaba como una red de contención que impedía que aquellas chicas derivaran hacia comportamientos cada vez más destructivos, y constituía también una escuela de competencias sociales y psicológicas para aprender a desenvolverse de manera autónoma.

Lo más sorprendente era constatar la facilidad con que se habían endeudado a causa de las tarjetas de crédito, y la dificultad que tenían para salir de esa trampa. Las tarjetas les eran bondadosamente obsequiadas por ciertos bancos en las aceras de las calles a cambio de la apertura de una cuenta, y a partir de aquel momento, los dados estaban echados: la vida de esas personas quedaba encadenada, casi permanentemente, no ya a los caprichos despóticos de un gobernante caribeño, o a la autoridad tenebrosa de un Estado totalitario, sino al poder omnímodo de un puto banco que se apropiaba de un paquete jugoso de libertades del individuo a través de lo que suele llamarse “un contrato entre
personas libres”.

Y allí estaba el problema: que de pronto ellas ya no eran enteramente dueñas de su propia vida, sino que buena parte les pertenecía a los bancos a los que les habían solicitado dinero para vivir con más holgura. Y los bancos, generosos como son a veces, se lo daban a condición de que lo devolvieran con creces, es decir, con el suplemento de una tasa de interés. Pues resulta que esa tasa de interés era el gran negocio, porque allí está la verdadera ganancia en la medida en que se repita en el tiempo. Un banquero conocido mío lo explica de esta forma: “Los bancos no le ponen atención al cinco por ciento de personas que están al día con el pago de sus tarjetas de crédito; se interesan por el noventa y cinco por ciento que no logran reembolsar el crédito a tiempo y que, por consecuencia, se la pasarán pagando intereses durante muchos años. Y si no pagan, ya el banco se encargará de reclamar a cambio alguna riqueza o propiedad, pero el banco nunca pierde”. No es que los bancos sean feos o malos, sino que esa es la maravillosa lógica del sistema en que vivimos.

Pues exactamente lo mismo sucede también con los países y sus acreedores bancarios: El Banco Mundial o también el FMI (Fondo Monetario Internacional), sobre todo, conceden enjundiosos préstamos a los países que lo solicitan, y luego, estos se la pasan pagando los intereses el resto de la vida. ¿Han ustedes oído alguna vez que hay países que solicitan a dichas corporaciones financieras internacionales que les reduzcan la deuda, que desean renegociarla o que ya no quieren pagarla? Es un largo y estrecho callejón lleno de plañideras que, igual que las personas, se sienten sofocadas y quieren pedir pelo. ¿Y quiere usted saber por qué diablos hay tantos países y sobre todo tanta gente endeudada que ni siquiera se da cuenta de que les han chupado la casi totalidad de sus sacrosantas libertades, además de la dignidad? Pues por esa maldita tendencia que tenemos de querer vivir por encima de nuestras posibilidades, por eso. O sea, por idiotez y por falta de identidad, así de simple.

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