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Toquidos de tocador

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SOBREMESA

El tocador de la puerta de calle nunca dejaba de tocar en la casa del centro. Muchas veces mi madre exclamaba en son de broma, “yo lo que necesito en esta casa es un portero”, pues desde muy temprano no paraban de sonar el timbre redondito adosado a la piedra del dintel y el tocador de bronce en forma de churro: Era un interminable peregrinar de cobradores, vendedores, ofrecedores de servicios e indigentes de toda la vida que llegaban a diario por su almuerzo.

Aún emponchada en la cama, calculaba que ya era hora de levantarme cuando oía los tres toquiditos tímidos y discretos del lechero, a eso de las cinco y media de la mañana. Enrollada en el poncho de caballitos de colores, imaginaba la escena de la llegada del lechero por el tronar seco y profundo del vidrio de los litros repletos de leche espesa y amarillenta, así como el momento en que Martina devolvía los envases vacíos, con un repiqueteo lúcido y alegre de vidrio ligero.

El repartidor del diario llegaba un poquito antes: un leve timbrazo como diciendo “yavinolaprensa”, y el sonido del deslizar fuerte por debajo del portón hasta topar de un solo con la grada del zaguán. Entonces se oían los pasos de Pablo García, empleado antiquísimo de mi padre, quien leía en primicia las noticias del día enrollado en una vieja gabardina color tepocate que mi papá le había regalado muchos años atrás.

El desfile de vendedores ambulantes era cosa de todo el día. Aparecían como moscas, sin respetar las horas sagradas de la comida o el descanso, llevando a tuto su cargamentos de escobas, coladores de frijoles, gusanos plásticos para el aseo de las losas del baños, serchas, limpiadores, destapa inodoros de campana de hule color naranja y altísimos escobones de cerdas negras con los cuales se llegaba a las alturas del cielo para barrer las telarañas.

Llegaban en romería y de acuerdo a la estación del año. La señora de los nísperos de San Juan del Obispo en noviembre; doña Toya, la marchante de San Juan Sacatepéquez, en diciembre con las pascuas y manzanillas, y la mantequilla lavada en tusa, los quesos recubiertos de hojas olorosas y frescas y la crema servida en vasos por cucharones de peltre, los sábados por la mañana. “No quiero crema”, gritaba mi madre desde las alturas del segundo piso, pensando en las agruras súbitas que le provocaría a mi padre, quien para entonces padecía del hígado.

Algunos vendedores pasaban directamente a la cocina, por la confianza que otorgaban los años, como sucedía con don Plutarco, vendedor de cortes, colchas y cubrecamas procedentes de la China. Tenía un diente de oro en el incisivo derecho, botas picudas de cuero, sombrero aludo de piel de chivo que nunca se quitaba porque le escaseaba el pelo. Tenía los ojos zarcos, color verde gato y contaba historias de gitanos, como si la cocina fuera la arena de un circo. En el espectáculo, mostraba su anillo de oro que llevaba en el anular derecho con una calavera de ojos verdes, herencia de su abuelo húngaro, quien había arribado a principios del siglo pasado al puerto de Acajutla en El Salvador y luego viajado en mula hasta las alturas de Ipala a buscar a una pariente lejana de nombre Agripina López Urzúa. Continuará.

mariaelenaschlesinger@gmail.com

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