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No cabe duda que nuestra sociedad es un descalabro. Somos una mezcla de gente, etnias, urbanizaciones y estamentos sociales desiguales y caóticos, metidos en un corral geográfico en el que las fuerzas dirigentes y responsables de nuestro “desarrollo” (la economía, por un lado, y la política, por el otro) nunca se han dedicado verdaderamente a invertir y a gobernar a favor de las mayorías, sino que lo han hecho en beneficio solo de determinados intereses económicos en complicidad con los administradores del Estado. Así que uno tiene la impresión –sobre todo desde el descubrimiento y denuncia por parte de la CICIG de la podredumbre que reina en esos sectores– de que el país vive una especie de catástrofe natural o un cataclismo económico-social permanente.

Ante ello, algunos afirman que no hay que exagerar y que, por fortuna, “los buenos siempre somos más”. Pero decir esto es como si en un pabellón repleto de goteras debiéramos alegrarnos porque la superficie del techo que no tiene agujeros es mayor que la suma de los agujeros y grietas por donde se cuela el agua. Afirmar este tipo de cosas es una puerilidad absurda que no ayuda a resolver los problemas. La situación global es grave e invita a una sesuda reflexión, y sobre todo a difíciles y audaces decisiones en todos los campos, decisiones que no se llevarán a cabo en su debida extensión y profundidad si las presiones y limitaciones mundiales, sumadas a las condiciones de la coyuntura internacional y a las expectativas de nuestros socios extranjeros, no nos ayudan o empujan. Y es que solos, o con nuestras propias fuerzas únicamente, jamás romperemos las reglas de este sistema infernal que nosotros mismos, como país, hemos creado. Cierto que las contradicciones internas de una sociedad son el motor necesario de su desarrollo, pero en nuestro caso, esas contradicciones solas jamás han sido suficientes como para que avancemos de manera significativa.

Cuando veo en la tele o leo en los periódicos la cantidad cada vez más numerosa de personas de las altas y medianas esferas del Estado y de la empresa privada que han sido acusadas de delitos tipificados por el derecho nacional e internacional, me quedo con la boca abierta. Si esto sigue así –me digo–, vamos a terminar metiendo en prisión a la mitad de la población del país, es decir, a todos aquellos que alguna vez han intentado joder a la otra mitad. ¿Cómo, de qué manera, es que hemos llegado a estos extremos de descomposición social, a esta banalización del robo y del crimen, a este irrespeto hacia el prójimo, a este desamor, a esta indiferencia, a este (y pido disculpas aquí por utilizar un guatemaltequismo tan pintoresco) “pela-verguismo” en todas o en casi todas las áreas de la vida privada y pública?

Sé que podríamos sugerir hipótesis y teorías, todas con cierta validez y coherencia. Pero no es ahora mi propósito, ya se ha especulado sobre la colonización, la posguerra, el imperialismo, etcétera. A mí, lo que me intriga es: ¿cómo es que toda esta gente acusada de haberse querido pasar de lista, cayó en el juego de la avaricia y de la insensatez? Si uno mira sus fotos y biografías de infancia, apenas ayer eran unas criaturas encantadoras y soñadoras tanto como usted y como yo, hijos de respetables familias, criados en el seno de los valores cristianos, habiendo estudiado en colegios privados. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Alguien lo sabe? ¿Alguien de entre ustedes sería capaz de lanzarles la primera piedra? ¿Es esto un problema genético o estamos ante una idiosincrasia geográfico-cultural que nos hace ser unos potenciales “h’jueputas”? Aquí les dejo, pues, estas entretenidas inquietudes para que las degusten acompañándolas de un delicioso café.

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