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¿Quién define lo que somos?

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¿Qué somos? ¿Qué significa, concretamente, “ser guatemalteco”? ¿Cómo hemos decidido o quiénes han decidido lo que supuestamente somos? ¿De qué manga nos hemos sacado la definición de “ser chapín”? ¿Quién, a lo largo de la historia del país y de nuestras vidas, nos ha embutido el guión y las emociones que debemos experimentar para jugar el papel que supuestamente nos corresponde en esta anaftalinada pieza teatral? ¿Cuándo aprendimos las mañas y reglas de cómo hay que comportarse con los demás, de lo que es posible o no es posible pensar, decir, esperar y hacer en este mundo?

Durante el interminable periodo colonial, el constructor principal de identidades en esta parte del planeta fue el Estado español a través de la Corona, dotada de dos instrumentos eficaces: la Iglesia y el Ejército, quienes aherrojaron la mente de los colonizados y nos incrustaron los mapas que, todavía hoy, animan las representaciones que nos hacemos de este mundo compartimentalizado. Con la llamada independencia, fueron la Iglesia y el Ejército, ya “nacionalizadas”, las que –a veces en alianza, a veces en disputa– siguieron siendo las instituciones encargadas de la elaboración de una identidad “guatemalteca” imprecisa, en nombre y a beneficio de un Estado que, en rigor, jamás pudo asumir la modernidad, sino que se quedó funcionando bajo un modelo cuasi-feudal de relaciones de producción, modelo destinado no a coordinar y administrar las necesidades generales y el bien común, sino a servir a intereses particulares y espurios.

Y es de esa cuenta que el constructor de identidad en nuestro país nunca ha sido de manera consecuente el Estado a través de sus instituciones (en particular, a través de la Educación Pública), sino las empresas o la llamada iniciativa privada, sobre todo a partir del golpe de Estado neoliberal de 1954, que echó por tierra, acusándola de socialista o de comunista, cualquier política destinada a implementar el concepto moderno de ciudadanía y de políticas sociales. Entonces fueron los grandes consorcios económicos, agrícolas, industriales y comerciales del país, aglutinados en esa especie de gobierno de las sombras denominado CACIF, visceralmente alérgico a la creación de un Estado democrático, fuerte y moderno, los que se han ocupado desde hace más de dos generaciones, de crear y transmitir, a la compleja variedad del pueblo guatemalteco, una caprichosa idea de identidad que no tiene ni base histórica, ni inteligencia, ni consenso.

Y es así como estamos hoy en día siendo bombardeados en la televisión, en la radio y en la calle, y también en las redes, por arbitrarias campañas de mercado como “Guatemorfosis”, “Guatemellega”, “Hayunpaís”, “Guateámala”, etcétera, apoyadas con spots publicitarios de maravillosas bebidas alcohólicas, de fantásticos líquidos refrescantes, de extraordinarios bancos nacionales, de fantásticos cementos o de deliciosos pollos fritos, cargados de imágenes en cámara lenta, de música y de paisajes locales tan empalagosos e insustanciales sobre lo que es Guatemala y los guatemaltecos, que dan ganas de salir volando. ¿Y todo para qué? ¡Para promocionar una marca nacional o transnacional! La llamada “Patria” funciona entonces como mero pretexto para vender productos, y la “identidad”, como una aptitud para consumirlos y alcanzar la felicidad. Estos son, pues, los niveles de profundidad en los que nos movemos, así son los tiempos que nos han tocado vivir. De manera que no se complique usted la vida: ponga música de marimba y tómese una chela de esas, “bien nuestras”. Luego, eructe largamente y sienta cómo se expande allá adentro el verdadero guatemalteco.

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