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Columnistas

Ay Nicaragua, Nicaragüita

opinion

Lado b

A Julio Cortázar, Nicaragua le sabía dulce, violentamente dulce. Conoció el país a principios de los años ochenta y vivió por primera vez el nacimiento de una revolución. El entusiasmo le brotaba por los poros o, al menos, eso se desprendía de la lectura del libro que documentaba su experiencia. A mí el libro me lo regaló un gran amigo argentino de entonces, Alberto Pippino, que había cubierto muy de cerca los acontecimientos como periodista. Durante varios días, lo discutí con él a fondo, en un café parisino del barrio de la Ópera. Ambos éramos, en la época, incondicionales de Cortázar y de Nicaragua, pero a mí el enardecimiento del escritor no dejaba de parecerme a ratos desmedido e ingenuo. Pero la verdad es que, en aquellos años, casi todos éramos desmedidos e ingenuos tratándose de la revolución sandinista. Esperábamos la utopía, el sueño de una sociedad libre, justa, igualitaria, en donde lo mejor estaba por venir. Que un país pequeño, pobre, condenado a la dependencia, el subdesarrollo y las dictaduras, haya podido realizar una de las más importantes revoluciones del siglo XX, provocaba esperanza y pasiones excesivas.

Además Nicaragua estaba (está) demasiado ligada a mi adolescencia, al descubrimiento de la poesía, a la admiración que sentía por Ernesto Cardenal y Carlos Martínez Rivas… y por Salomón de la Selva y por José Coronel y por Joaquín Pasos y por todos esos nombres que me habían enseñado un nuevo lenguaje, otros códigos, para expresarme desde la marginalidad de nuestros pueblos. Yo también, a los 15 años, había fantaseado con vivir en Solentiname, en esa comunidad entre mística, revolucionaria y poética que Cardenal había creado en una isla del Gran Lago de Nicaragua. Desde un viejo aparato de onda corta, escuchando radio Sandino, seguí la insurrección y la revuelta como una de las grandes epopeyas centroamericanas.

Pero en la otra cara de la utopía está el horror, según se empeña en demostrarnos la historia que nos tocó vivir. De acuerdo, horror es una palabra demasiado dramática y no aplicable al fin de la revolución sandinista, por muy mal que puedan ir las cosas por allá. Pero sí el desencanto, el desconcierto, la confusión, la corrupción de los ideales más nobles que movieron al siglo XX. ¿Qué hubiera escrito Cortázar si viviera y se paseara por la Nicaragua de hoy? ¿Mantendría el entusiasmo? ¿A qué le sabría el triunfo de las sandinistas actuales? Talvez el problema resida en que yo siempre consideré la revolución sandinista como un hecho colectivo y democrático, sin cultos a la personalidad, sin comandantes supremos, sin caciques. Como el porvenir. Lo que veo hoy, más bien me remite al pasado, a una Centroamérica hundida en el autoritarismo y en la peor demagogia; en esa arbitrariedad delirante que alguna vez calificamos de surrealista, tropicalista o real maravillosa. Basta ver los arreglos y las negociaciones, las apropiaciones indebidas de un ideario que provocó tanto sacrificio y tanta esperanza. Las piñatas que siguen rompiéndose. O talvez esta es la posmodernidad que nos tocó, la que nos mostró Franz Galich en Managua Salsa City, una de las mejores novelas sobre la pos guerra centroamericana que se han escrito. O talvez estamos frente a nuevas mutaciones, en donde todo se va convirtiendo en cinismo, disolución, fundamentalismo, mal gusto…

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