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Columnistas

En tiempos del Señor Presidente

opinion

Ayer

El terror, la extorsión y el miedo no son nuevos en Guatemala, y durante el gobierno del presidente Manuel Estrada Cabrera, el Señor Presidente (8 de febrero 1898-15 de abril1920), se oficializó como formas represivas para mantener a la población maniatada, sumida en el terror. Al tomar el poder, Estrada Cabrera fijó las normas de su mandato: quedaba terminantemente prohibido oponerse al régimen y para quienes lo intentasen, la respuesta fue la tortura, el fusilamiento, crimen político y la temidísima Penitenciaría Central.

Dos hechos puntuales nos describen esta época oscura la cual enfermó a la población, convirtiéndola, por el miedo de caer en las redes de la desgracia y la muerte, en ojeras y soplones, maléficas redes sociales que con los “decires y el chisme” sostuvieron la tiranía.

Uno de los casos emblemáticos de aquellos día fue la triste historia del sacristán de Catedral que terminó encerrado en bartolina, por quitar del cancel de la Catedral el aviso del novenario de misas de difunto de doña Joaquina Cabrera, la madre del Presidente, por cumplirse un año de su fallecimiento en 1906.

El desventurado sacristán fue conducido a la prisión, maniatado y a empujones bajo la sospecha de fabulación directa en contra del Gobierno por arrancar el anuncio del jubileo de misas de doña Joaquina, mientras el pobre hombre, en un mar de lágrimas, alegaba que no sabía leer y que lo único que deseaba era arrancar los aviados caducados de los festejos de la Virgen.

Otro de los casos fue el de Wenceslao Chacón, conocido como el “Hombre de la mulita”, temido por la población por ser el jefe de la Policía cabrerista, encargado de aplicar la tortura y el garrote en la Penitenciaría Central.

Wenceslao Chacón recorría las calles de la ciudad de Guatemala montando una mulita y a su paso, chasqueaba su látigo en el empedrado, como para decir “aquí voy yo”. El sonido del látigo se convirtió en el “santo y seña”. La gente, al oírlo, corría a esconderse, cerrando ventanas y puertas a piedra y lodo, de puro miedo, con tal de ni siquiera encontrarse con su mirada.

Las leyendas siempre han superado la realidad, y aún se dice que Wenceslao Chacón era el meritito Sombrerón, quien montado en su mulita y con su guitarra al frente, enamoraba a las “niñas” más bonitas de la ciudad.

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