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EL BOBO DE LA CAJA     

Termina septiembre, mes de la patria, y el montón de banderitas que aún hoy se exhiben en demostración de lealtad hacia algo que supuestamente nos une, mañana mismo serán desecho inútil: toneladas de basura. “Te quiero, por eso te ensucio”… Curiosa manera de prodigar afecto la nuestra. Vaya si somos torcidos.

De niño me gustaban las banderas. Mis favoritas eran las minimalistas en rojo: Suiza, Japón, Canadá, Turquía; también algunas africanas, por sus estrafalarias combinaciones. Me pasaba tardes enteras dibujándolas primero, coloreándolas después.

El amor por Guatemala lo viví fragmentado, una parte remitida a aquella tradición chafarotera que semana a semana nos hacía jurarle “devoción perdurable y lealtad perenne” a burdos fetiches sin sustancia, y otra parte, menos superficial, propensa a la (auto) crítica como elevada muestra de respeto por aquello que, sintiendo que me era propio, imaginaba de otro modo y deseaba transformar desde sus bases para convertirlo en algo mejor.

No fue fácil crecer con la presión, cada ‘Lunes Cívico’, de repetir en voz alta prometiéndole a un pedazo de trapo “velar, y aún morir por que ondees perpetuamente sobre una patria digna” y luego preguntarme: ¿de qué patria, de qué dignidad estamos hablando? Todavía me cuesta entender en qué consiste eso de ser guatemalteco. ¿Una caprichosa jurisdicción territorial? ¿Un pacto de élites en el que el resto de la población nada tuvo (y poco sigue teniendo) que ver?

Bastante más simple la tienen los mexicanos (o los argentinos, o los cubanos), pongo por caso, que transpiran una pertenencia vigorosa, arrebatada, y se sienten oriundos de su propio país más que de ningún otro lado. Por el contrario, yo siento que mi patria es más bien Latinoamérica toda (su historia compartida, su sueño común, su esperanza a futuro, su terca posibilidad bolivariana), y ese pálpito se me hace más fuerte cuando estoy fuera de Guatemala y coincido con latinos y los percibo como hermanos, borrándoseme las fronteras.

Pero ese soy yo. A usted tal vez le ocurra distinto. Cualquier evangelista de la posmodernidad se burlaría de mí por estar hablando de banderas y nacionalismos a estas alturas de la historia. Y entiendo los motivos: ¡Cuánto daño nos han hecho (y siguen haciéndonos todavía) las fronteras! ¡Cuánta farsa demagógica tras el velo de las identidades nacionales!

Al respecto me pregunto: ¿Y qué nos queda? Quiero decir, mi lado romántico-anarquista intenta dar batalla y no ceder a un camino tan trillado, tan fallido, tan amargo. Pero me repito, una y otra vez: ¿qué nos queda aquí, ahora, con lo que hay, con lo que contamos a disposición?

¿Qué nos queda para repeler y remontar y doblegar a los titiriteros que controlan el mundo? (Hablo del archicorrupto capital corporativo transnacional, sobre todo el financiero; es decir, ‘el sistema’ que dicta las reglas y compra voluntades e interviene dondequiera en la política y en la economía y privatiza ganancias y socializa pérdidas y arrasa, insaciable, con todo). Repito: ¿qué nos queda?

La alternativa a los Estados nacionales fuertes (esto es: con una ciudadanía despierta, activa, vigilante) es ese infame ‘sentido de pertenencia’ mercadológico que nos seduce con el canto de sirena de la publicidad y nos convierte en adocenados consumidores de marcas (el Barça o el Real, Adidas o Nike, iPhone o Android) a las que seguimos con una fidelidad digna de mejor causa, olvidando que detrás de sus logos relucientes y sus atractivos eslóganes hay niños explotados, prácticas monopólicas, reclutamientos desechables, contaminación ambiental…

Gastones, atomizados y estúpidos, así nos quieren; comprando a lo loco, colocando banderitas que mañana mismo quitaremos del carro y desecharemos para generar basura.

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