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Dale con los gentilicios

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lucha libre

Hubo un tiempo en que iba cada primero de noviembre a la fiesta patronal de Todos Santos Cuchumatán en Huehuetenango. Llegaba por cuatro o cinco días, como los cientos de migrantes que regresaban de Estados Unidos por esas fechas. Varias veces me sucedió que los todosanteros me hablaban en inglés y cuando les respondía en español se enojaban conmigo. Por más que les enseñara mi vieja cédula de vecindad y les cantará un pedacito de: ‘yo soy pura guatemalteca y me gusta bailar el son…’ no me creían que no era gringa ni mexicana. Talvez por el arete en la ceja, los pelos de colores que llevaba en ese tiempo, o lo raro que era ver a una capitalina paseando por esos lares.

En ningún lugar del país he visto tanta parafernalia nacionalista gringa como en esa aldea perdida en la Sierra Madre. Toallas con el billete de a dólar, pañuelos con la bandera, y lo más increíble: mausoleos y tumbas completamente pintadas con las barras y las estrellas. Ahí conocí jóvenes que no hablaban español, solo inglés y mam. La mayoría nunca había visitado la capital ni La Antigua ni Atitlán pero se conocían todas las rutas para entrar y salir de Estados Unidos por tierra. Ese país les había dado la oportunidad de trabajar, viajar y comprar. ¿Qué les había dado Guatemala? ¿masacres, discriminación, persecución? Ni siquiera educación, ni salud. ¿Una identidad? Tampoco. Sin embargo los todosanteros por muy ‘agringados’ que estuvieran, estaban orgullosos de sus raíces indígenas. Por algo, más del 90 por ciento de los varones de cualquier edad aún utilizan el traje regional: pantalón de líneas rojo y camisa de cuello grande cuadrado y colorido (con grandes botones ‘made in USA’).

¿Son los todosanteros más guatemaltecos que un Oscar Isaac forzado a asumirse chapín? ¿Es importante saber que Tito Monterroso en realidad nació en Honduras? ¿Por qué a algunos les dolió tanto que la politóloga populista se refiriera a Guate como “tú país de mierda” excluyéndose y salvándose ella de pertenecer a esta dolorosa nacionalidad?

Tengo un amigo rubio de ojos azules, nacido en Estados Unidos y que habla perfectamente bien el q’eqchi’. Ama a Guatemala, la recorre, la conoce, la respeta y trabaja por y en ella. No desde la arrogancia del extranjero sabelotodo, sino desde la experiencia diaria y cotidiana, humana y dolorosa de velar por la salud de los más pobres. Verlo relacionarse con su comunidad, en el día a día, con absoluta pertinencia cultural, me hace pensar que para mí, él es un gran guatemalteco por muy gringo que sea.

En realidad, ¿qué tan importante es la nacionalidad? Solo sirve para dividirnos en ciudadanos de primera o de segunda categoría. A veces los países pueden ser cárceles. Y los pasaportes llaves que abren o cierran puertas, oportunidades.

Lo que nunca deberíamos olvidar es que atrás de los gentilicios, hay seres humanos, ciudadanos de la vía láctea (diría un muy sufrido guatemalteco Luis Cardoza y Aragón), viajando en el mismo vehículo, expandiéndonos eternamente hacia el caos.

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