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Ser social individual

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Hay en el mundo un permanente falso conflicto entre dos grandes concepciones de lo que debería ser –o de lo que de hecho es– la dinámica social, según se considere al individuo como el centro proteico que jala los resortes del desarrollo social, o si se piensa que es la sociedad, en su conjunto, la que empuja la rueda de la evolución de los individuos. Lo cierto es que ambas posiciones representan polos opuestos de una realidad que en sí es una e indivisible, determinada por la compleja combinación de elementos que se originan tanto en la naturaleza como en la cultura. Ambos polos (individuo/sociedad) no pueden existir el uno sin el otro, ya que son los extremos fundamentales de ese maravilloso bastón, o de ese órgano, que tenemos en la cabeza y que nos permite avanzar. Visto de otra manera, las dos dimensiones conforman lo esencial de nuestra humanidad: suelo y cimientos por abajo, y vigas y techo por arriba.

Sin embargo, la tensión entre ambas posiciones se ha convertido –sobre todo a partir del siglo veinte y gracias al enfrentamiento de las ideologías capitalista y socialista–, en una disputa religiosa, donde cada extremo pretende hacer valer su dogma como la única verdad posible. Colectividad frente a individuo, seres humanos frente a mercados, trabajo frente a capital, economía regulada contra economía libre, propiedad pública contra propiedad privada, interés social contra libertad individual, son algunas de las banderas o causas que han adoptado ambas concepciones –en particular la más pretenciosa e imperialista de ellas, la que enarbola la noción de “individuo” como un tótem metafísico ante el cual hay que arrodillarse–, impulsando actitudes a menudo intolerantes y esquizofrénicas que han arrastrado a países enteros por aventuras fallidas que marcaron con sangre y dolor la historia humana reciente.

La representación del “individuo” como ente abstracto sin dependencias materiales, históricas y sociales, es una entelequia tan absurda como la de una “sociedad” compuesta por “estructuras” y “clases” sociales carentes del soporte real de los individuos concretos que le dan vida y que se organizan para satisfacer sus necesidades y acumular poder. En este sentido, siempre me fascinó, por lo apasionadamente frío e irreal, el personaje de la novela The Fountainhead, de la escritora ruso-norteamericana Ayn Rand, cuyas estrambóticas ideas en defensa del “héroe-individuo” y de “lo privado” frente a “lo social”, se convirtieron en la biblia obligatoria para los estudiantes, entre otros centros, de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala, junto con la defensa a ultranza de las doctrinas más irreales sobre el “libre mercado” y el repudio visceral y aristocrático contra el Estado.

Los sacerdotes del individualismo repugnan que el Estado imponga políticas y regule procesos que limitan el irrefrenable impulso de los capitales privados a concentrarse en detrimento de las necesidades colectivas. Así, la defensa del individualismo y de la iniciativa privada pasa por una letanía que es ya clásica: “El Estado no puede ser un Estado-papá que subvencione y administre las necesidades sociales; los individuos deben actuar por sí mismos, sin la tutela del Estado, para ser libres”. Cuando uno visita alguno de estos templos universitarios del individualismo y pregunta a los acólitos que cómo hacen para pagarse los estudios y cubrir sus gastos de vida durante tantos años, ellos responden, con un candor y falta de agudeza crítica sorprendentes: “Mis papás me lo pagan”. Entonces uno entiende que estas contradicciones de corte feudal-tribal, ancladas en la mente de los creyentes, son las que impiden por el momento que la noción de “Estado moderno” alumbre y se materialice en la imaginación de la gente. Como quien dice, pues, que esto va pa’ largo.

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