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Columnistas

El brujo (1)

opinion

Otros se han dedicado a escudriñar la biografía de Carlos Castaneda –su paso por UCLA, sus viajes a México, sus inexistentes notas de campo, la tensegridad, el extraño círculo de mujeres que le rodeaban– y remitiré al lector interesado a esos magnos detectives.

Por mi parte me limito a mencionar dos o tres cosas de la biografía de Castaneda. Una es que sus libros empezaron a agarrar vuelo pasaditos los sesenta, década de expansiones culturales y aperturas de la consciencia, para exaltadas liminalidades.

Carlos Castaneda forma parte de una generación de autores y maestros espirituales, los sesenteros–setenteros, que destacaron por pioneros, experimentales, controversiales, insolentes y pirados. Muchos de ellos están listados en las listas de cultos y sectas. Son los que más irritan a los escepticons (y lo adorables que son cuando están irritados)
y rectores verticales de las
costumbres.

En ese panteón de extravagantes, Castaneda ocupa un lugar muy evidente, dado su éxito hipertrofiado. Pero siendo como lo fue un superventas y un fenómeno cultural nada se sabía de él. Este juego entre lo secretivo y lo público lo mantuvo toda su vida. Lo explica en sus propios libros: borrar los contornos de la biografía, colocarle una niebla alrededor.

Hoy tenemos un resto de debunkers alrededor de la figura de Castaneda, zopiloteando. Lo malo es que luego hay que debunkearlos a ellos, porque dicen toda clase de cosas que objetivamente no nos constan y que no pasan del reporte personal. Ellos mismos son Castaneda, en cierto modo. Pero el asunto es que lo son vicariamente, como en emanación degradada.

A veces ofrecen algo más que un reporte personal, como es el caso de la documentación de Gaby Geuter, que captura a Castaneda hacia al final de su vida, en filme y fotos. Ese footage, más pueril de lo que se piensa, tiene en sí mismo algo de patológico, enervante y repugnante. Hay que estar un tanto enfermito para ir filmando y escaneando a alguien con semejante celo, desde el carro. Revelando una bigamia o poligamia que a mí me da lo mismo. Y luego haciendo, por supuesto, un libro vendible y ventajista con todo eso.

Así pues, después de la credibilidad y credulidad vino la desconfianza, pero curiosamente esa desconfianza trajo un nuevo interés por Castaneda, que después de todo es bastante
interesante.

No digo que no haya una atmósfera pesada alrededor de Castaneda, que la hay. Las mujeres que vivían con él desaparecieron de un modo oscuro, luego de su muerte. Se dice que todas se suicidaron, en una especie de programa cúltico.

Por qué no.

Eventualmente se encontraron los huesos de Patricia Partin, hija adoptiva y presunta amante de Castaneda, en un desierto (¿y en dónde más?) en Death Valley. Más de alguno quiso que nunca se encontraran esas osamentas, para que así la historia quedara más misteriosa y mitológica. Pero no hay mitología que no termine descosiéndose por algún lado.

La muerte del propio Casta-neda no fue especialmente esotérica: murió de cáncer, como tantos maestros. Lo cual siempre molesta a los beatos creyentes, que hubieran querido que se
desintegraran en luz.

Suckers.

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