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Columnistas

Silencio en la montaña (2)

opinion

Viaje al centro de los libros

La obra Silencio en la montaña de Daniel Wilkinson merece una extendida discusión, más allá de estas breves notas, porque es el testimonio verídico de quien con los ojos del extraño pudo fijarse en lo que nosotros ya no notamos por estar sumidos en el paisaje, nadando en la misma sopa encendida. La narración del joven “don Daniel” que va recorriendo en moto el paisaje rural de las fincas de San Marcos es rica y deslumbrante, testimonio vital de quien escarba en lo ocurrido en un mundo asombroso. A lo largo de sus entrevistas a gente que se cierra y no quiere hablar, se va dando de bruces con tres espacios de una realidad que participa de una misma esencia, la guatemalidad.

En el primer espacio la obra dramatiza la relación de dependencia de los trabajadores del campo hacia los finqueros alemanes. Expone la condición del vasallo que se aferra a los dueños de la tierra con tal de sobrevivir, y poco a poco va dando paso a una segunda experiencia, la que se origina con el proceso revolucionario de mediados del siglo XX, la implantación de la reforma agraria y la caída del gobierno del presidente Jacobo Árbenz, que motivaron el largo enfrentamiento armado y el horror.

La memoria colectiva de la masacre de Sacuchum es emotiva y reveladora. El sufrimiento del pueblo se expone en público por primera vez, dando una sensación de alivio a quienes expresaron ante un extranjero lo que habían callado. Hecho prodigioso que ya no se repite, porque luego todo se pervierte, y en el tercer espacio de realidad vemos a los excombatientes jugando a la política, pensando en su propia cuota de poder y beneficios.

Es emocionante la memoria de la gesta guerrillera, que relataron quienes se atrevieron a contar su experiencia. A unos los llevó el clamor de la injusticia, a otros razones inexplicables. Se describe el espíritu espontáneo de colaboración del pueblo con la guerrilla y la masacre posterior junto a quienes no habían participado del hecho. Así como también se expone la llegada dramática de un niño llorando que reclama a los insurrectos por la muerte de los suyos.

El entrevistador prosigue su búsqueda en tiempos de paz, escarba en la memoria de la gente, pero nuevamente se topa con el silencio y la desconfianza al visitar de la mano de Bartolo y Mario a las víctimas, dos exinsurrectos reducidos a rivales políticos. Así que el relato se desvía hacia la magia nacional siempre viva y misteriosa.

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