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Columnistas

Antorcha patria 2

opinion

SOBREMESA

La Sexta se comenzó a poner alegre después de las siete de la noche, cuando en el Parque se había terminado la bulla y las orquestinas de guerra con sus gastadores abanderados regresaban marchando a sus planteles, animando a la concurrencia que esperaba el paso de la antorcha patria.

A nosotros nos encantaban los desfiles, el ruido de los tambores, el tímido tin, tin, tin, tin de las claves metálicas de las liras, y los uniformes de gala de los estudiantes, a pesar de las réplicas aireadas de mi padre, cuando en los almuerzos se escuchaba el traqueteo de los redoblantes, justo a mediados de julio, ensayando para el desfile del 15: “Partida de desocupados”, declaraba con un dejo de desprecio, mientras degustaba de postre unos duraznos en compota, opinando que aquello de perder mañanas y tardes enteras afinando instrumentos y dándole de palos a los tambores era una pérdida de tiempo absoluta para los estudiantes, y sobre todo, extremadamente dañino para el intelecto. Pero ni qué hablar, nosotros siempre dispuestos a disfrutar las fiestas populares en la calle: procesiones, corpus, rezados y desfiles, sin importarnos demasiado lo que pensaba mi padre, porque a nuestro rústico entender, aquello de los desfiles marciales y los uniformes, a él le sabían a territorios ocupados en tiempos de guerra, a oficiales marchando con paso de ganso y banderas rojas con esvásticas negras con tajante acento alemán.

Fue Luis, mi hermano, quien oyó en su radiecito de transistores que Mateo Flores ya venía corriendo por la Avenida de la Reforma, pero nos advirtió que no había entendido muy bien porque había mucha estática en la transmisión. A todos se nos puso la piel de gallino y dimos saltitos de conejo, pues en menos de una hora, según calculó la nana, veríamos al campeón corriendo ante nuestros ojos.

A eso de las nueve de la noche, decidimos cenar sentaditos en la gradita de la acera. La nana hizo la repartición de los pirujos y nos entregó los pequeños pocillos de peltre en donde vertió el café azucarado y calientito para que nos entonáramos del frío, porque el sereno de la noche se había dejado sentir de repente. Algunos de los menos entusiastas, “los chambones y friolentos”, dijimos, abandonaron la Sexta, porque se estaba haciendo tarde. Pero nosotros, no. Siempre listos y dispuestos para ver al maratonista, para vitorear a nuestro campeón nacional.

La primera de las vitrinas que apagó sus luces fue la del almacén de brasieres y corsés que estaba en la 12 calle. Luego, la que nos alumbraba las espaldas, la del almacén Rosenberg. Pero no había pena porque aún contábamos con la luminosidad del letrero rojo de gas neón del Fu lu sho, por lo que supusimos que aún no era tan tarde.

Un patojo aventando y sin miedo que estaba cerca de nosotros se atrevió a correr hasta la esquina de Santa Clara para ver si ya venía la caravana y traernos noticias frescas. La Radio Reloj había transmitido ya el himno como cierre final a su transmisión del día.

La Sexta se fue quedando en penumbra y poco a poco vacía, “los desesperados que desertaban como cobardes”, dijimos. Entonces, la nana decidió que era tiempo de volver a casa. Dobló con finura el periódico que le había servido de asiento y nos dijo, “seguro que Mateo Flores se perdió por allí, y ya no va a pasar, así que colorín colorado…”, así que cuando el patojo regresó corriendo, gritando “ya viene Mateo con la antorcha, ya viene”, todos nos pusimos contentos a palmotear como focas de circo, felices de haber cumplido nuestro deseo.

Volvimos a sacar del canasto las banderitas para saludar al atleta como Dios manda y las movimos en son de fiesta. “Algún retraso habrá tenido el muchacho”, apuntó la nana, sin tragarse del todo la noticia, entre cansada y desconfiada.

Las luces del picop escolta se miraron cerca. Agitamos las banderitas al ritmo de siquitibin-ala-bimbomba, siquitibin-ala-bimbomba, Mateo, Mateo, ra ra rá.

A golpe de rueda, muy despacio, apareció el carro, y en la palangana trasera, un señor encorbatado con vos firme de locutor de radio anunció por un megáfono que tenía puesto junto a su boca: “Les informamos que debido al mal tiempo, el avión en que viajaba el insigne maratonista, no pudo despegar del aeropuerto de Flores, Petén, por lo cual les pedimos a la concurrencia, su amable comprensión. Muchas gracias”.

mariaelenaschlesinger@gmail.com

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