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Columnistas

Mario Monteforte Toledo

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Ayer

Mario Monteforte regresó a Guatemala como Don Quijote, lleno de vitalidad, como el último de los soñadores que han puesto pie en nuestra patria. Su intención era trabajar en favor de la cultura, y nunca quiso nada a cambio, simplemente agitó un poco las ramas del palo y entusiasmó el mundillo intelectual de los años noventa.

Llegó a nuestras vidas gracias al premio que instituyó cuando se le concedió el Premio Nacional de Literatura, con cuyo fondo económico y el aporte de amigos pintores creó la fundación que lleva su nombre para estimular la narrativa nacional. Recuerdo la mañana cuando escuché su voz en el teléfono: “Está Méndez Vides”, preguntó una mañana de mayo. “Me urge hablar con él. Quiero informarle que ganó su novela Las murallas”. El premio nos brindó la amistad de Mario de ahí en adelante.

 A Mario todo le urgía, quizá porque sabía que tenía el tiempo contado. Su tarea fue titánica y su genio daba para mucho en un país donde en materia de cultura siempre vamos a la retaguardia. Lo que más me impresionó siempre fue su capacidad para contar historias. Cuando llegaba a casa, se sentaba en la poltrona blanca de la sala y sin presunciones o forcejeos se apropiaba de la conversación, tomaba enteras las riendas como cuando salía a trotar con su caballo. Su capacidad narrativa se hacía notar de inmediato, y con juego de manos y voces iba hilvanando sus historias sobre temas tan disímiles como atrayentes, la del azacuán ojudo y moribundo que cuidó en su infancia, o la del anciano desmemoriado que se extravió en Londres: las mejores historias que yo jamás haya oído en la vida. A su lado, no había más que ponerse a escuchar, pues para retarlo en lides de pensamiento se debía sentir uno muy ducho. Él era ávido, sagaz y un peso pesado, y si algo le molestaba e irritaba hasta la cólera, era la mediocridad, la falta de sustancia y la estupidez.

No le gustaban los niños y como en nuestra casa pululaban como palomillas, decía rápidamente: “Llévenselas a acostar porque ya es de noche”. Ellas ya sabían y les caía muy en gracia. Con todo se ganó en casa el sobre nombre del come niños.

Lo quisimos mucho, y aprendimos de su boca las mejores lecciones de literatura. Este 15 de septiembre, fecha de su cumpleaños, recordamos  su imagen de monte fuerte, como dicta su apellido, comentando y releyendo sus obras, que son el espejo de Guatemala.

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