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Columnistas

Mario Monteforte Toledo

opinion

Viaje al centro de los libros

El escritor Mario Monteforte Toledo fue además de gran narrador un exquisito conversador. Conocerlo fue un privilegio. Vino al mundo y se marchó en septiembre, porque nació el mismísimo día de la Independencia en 1911, y sus chillidos fueron doblegados por las marchas de banda de guerra, cañonazos y liras que también borraron la pesadumbre tras su muerte el 4 de septiembre del 2003. Tuvo un hermano cadete, que murió joven, y toda la vida estuvo en contra de la milicia. En Nueva York se alistó para acudir a la Segunda Guerra Mundial, pero se retractó a tiempo. Mario estaba destinado a la sensibilidad, como afirma el protagonista escritor de la película de Sorrentino La gran belleza.

Mario Monteforte Toledo regresó a Guatemala cuando la noche estaba en lo más oscuro. A nuestra casa venía con frecuencia, y pasábamos conversando y bebiendo vino hasta cuando estaba próximo el amanecer. Decía que desde Miguel Ángel Asturias no había vuelto a darse en el país un novelista social de envergadura, aunque en realidad se refería a desde ellos dos, porque había mucho de interiorismo y él no concebía la narración social sin argumento dialéctico. En su novela Entre la piedra y la cruz (cuya versión original fue trasquilada lamentablemente en las ediciones posteriores), planteaba la oposición entre las creencias del mundo americano y la supuesta civilización europea del cristianismo, ante la exigencia atropellante del progreso. En Una manera de morir, planteaba la dificil decisión entre sufrir la libertad o la comodidad de la adaptación al alinearse al totalitarismo. Y en Donde acaban los caminos, la separación entre los mundos maya y europeo, y las consecuencias complejas del mestizaje.

En una ocasión lo llevamos a Quetzaltenango, y en el Salón Municipal fue abordado por políticos y figuras prominentes que lo admiraban, así que nosotros optamos por retirarnos discretamente al verle tan bien acompañado. A la mañana siguiente llegó Mario a nuestra habitación a reclamarnos porque lo habíamos abandonado y no pudo cenar. Iba muerto de hambre. Le ofrecimos llevarlo a donde él quisiera, y así resultamos en un puesto de la calle, cerca del hospital. Mario se pidió un plato de frijoles parados con una raja de queso y dos huevos crudos nadando en un jugo de naranja recién exprimido. Tenía 90 años y estaba lleno de vida, como lo sigue estando en sus novelas.

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