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Columnistas

Celebración de Mario Monteforte Toledo

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Lado b

Cada 15 de septiembre celebro a Mario Monteforte Toledo. No solo porque es la fecha de su cumpleaños (105 este 2016), sino porque, la verdad, es lo más parecido a un prócer de la independencia que he conocido en mi vida. De la independencia tal como yo la concibo, aclaro, ya que desde niño detesto los desfiles militares. Mario para mí representa una de las grandes aventuras humanísticas de la Guatemala del siglo XX. Produjo ideas, conocimiento, letras, referencias y todo lo hizo para salvar a este país de la ignominia. Su entrega en este sentido, fue total. Nadie, ni sus propios enemigos –que los tuvo y muchos, como todo hombre inteligente–, puede afirmar lo contrario.

Mario es una materia ineludible, si se intenta comprender Guatemala, como yo lo intenté en mi adolescencia, allá por los años setenta. Bueno, lo sigo intentando y su complejidad siempre rebasa mi pobre entendimiento. Me pregunto si él llegó, al final de su vida, a comprender ese algo que a mí se me escapa por completo. Lo visitamos con Adolfo Méndez Vides días antes de su muerte y durante mucho rato permanecimos los tres en silencio. Uno de los silencios más significativos que he experimentado en mi vida. Él estaba muy enfermo y Adolfo y yo demasiado tristes. Nos dolía verlo postrado en la cama, sin dominio de la situación ni de sí mismo. Yo deseé para mis adentros que se levantara y nos insultara y nos echara de su casa, como hacía cuando, por puro ejercicio intelectual, le llevábamos la contraria. No queríamos irnos, no queríamos dejarlo solo y, en el fondo, esperábamos que nos develara el misterio. Una sola palabra que nos hiciera comprender si todo lo que nos había tocado vivir en este país tenía algún sentido, si valía la pena seguir insistiendo. Cuando salimos, tuvimos la certeza de que ese era el último encuentro, y nos sentimos más huérfanos y desamparados que nunca.

Para mi generación, o más bien para gente como Adolfo y como yo, que crecimos en una Guatemala destrozada, fueron muy importantes los mitos, las presencias tutelares. Y escritores como Luis Cardoza y Aragón, Tito Monterroso, Carlos Illescas, Mario Monteforte (una especie de reserva ilustrada y moral que guardábamos más allá de la frontera) nos permitieron reconstruir, a través de sus libros, un país que se derrumbaba ante nuestros ojos. Leer los cuentos de Mario fue para mí una revelación (los sigo considerando una de las grandes aportaciones a la literatura latinoamericana del siglo XX, y eso no es poco). Conocerlo, tratarlo, escucharlo, discutir, convivir con él fue un privilegio. No era fácil, de acuerdo, pero fue un absoluto placer. Me permitió conectar mi historia personal a una dimensión más amplia. O dicho de otra manera, me permitió reconocerme en la historia de este país. Sus memorias quedaron pendientes. Las comenzó a escribir, pero las abandonó, sabía que concluirlas significaba el fin. Me contaba obsesivamente los mismos retazos de su vida, siempre de manera diferente. A pesar de la sociología y el absoluto respeto por la Historia, era un escritor nato, un fabulador, un contador de mentiras fascinantes que siempre decían la verdad.

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