[theme-my-login default_action="register" show_links="0"]

¿Perdiste tu contrseña? Ingresa tu correo electrónico. Recibirás un correo para crear una nueva contrseña.

[theme-my-login default_action="lostpassword" show_links="0"]

Regresar

Cerrar

Publicidad

Columnistas

Antorcha patria

opinion

SOBREMESA

Fue la nana María quien oyó por la radio la noticia, sin embargo para entonces ya padecía de sordera profunda en el oído izquierdo: Mateo Flores correría el 14 en la noche desde el Monumento a los Próceres hasta el Palacio Nacional portando la antorcha patria. A todos se nos puso la piel de gallina. Sería la oportunidad de nuestras vidas, ver en vivo y a todo color a nuestro héroe patrio, ganador de la Maratón de Boston, pasar corriendo con la antorcha patria. Nadie se lo debía de perder. La emoción nos duró todo el día. Creo que fue Radio Reloj la que comunicó los detalles al respecto: Se tenía previsto que Mateo Flores regresaría de una ronda deportiva en el Petén precisamente esa tarde, una comitiva oficial lo recibiría en el aeropuerto con su uniforme de maratonista: pantaloneta y playera blanca, calcetines y zapatos tenis del mismo color, y ya vestido como Dios manda, lo conducirían en un taxi al Monumento de los Próceres, donde le harían entrega oficial de la antorcha.

Mateo Flores tendría el gran honor de encender la tea con la llama ardiente de la Independencia, la cual, según decían se había mantenido flameante desde tiempos inmemoriales, desde cuando los padres del la patria estamparon sus firmas con plumas negras de zope en el pergamino el 15 de septiembre de 1821, y procedieron luego a encender con un fósforo el cirio patrio, labor que le fue encomendada a don Pedro Molina, el decano de los próceres, el más viejito. De allí viene lo de la llama de la Independencia.

Nosotros, en casa, dábamos brinquitos de la pura emoción por conocer al fin a Doroteo Guamuch Flores corriendo con zancadas de liebre.

La radio Nuevo Mundo informó que el atleta nacional encendería la antorcha en el pebetero y la levantaría en alto para que todos la vieran antes de pegar la carrera. Un picop con varias personas en la palangana portando banderas de Guatemala, lo acompañaría durante el recorrido por el paseo de la Reforma hasta la Plazuela España, y pasando luego debajo de la Torre del Reformador. A su paso por la Municipalidad, las locatarias del mercado de La Placita le tenían preparada la sorpresa de un arco triunfal cubierto de crisantemos blancos y azules. La meta estaba en el Parque Central, llegando por la sexta avenida, para la izada del pabellón nacional con los 12 cañonazos que daban la bienvenida a la efemérides patria.

A las cinco de la tarde tomamos el rumbo de la sexta para lograr buen lugar. Mi madre nos preparó una canasta con viandas, calculando que no cenaríamos en casa, con una abundante refacción de pirujos con frijoles volteados y queso duro, de jamón del diablo y con queso Kraft con mantequilla, y, además, nos mandó con dos paraguas y varios suéteres. Un termo grande de corcho con café caliente, muy ralo y muy dulce acompañaba el refrigerio, y varias servilletas de tela y pequeños pocillos de peltre para que pudiéramos beber el café hirviendo.

Íbamos emponchados y felices, como para escalar los Cuchumatanes o el volcán de Agua, acompañados de la nana María, quien para entonces estaba sorda y le dolían mucho los callos de los pies.

Conseguimos el mejor de los lugares en la sexta, “pura luneta del Lux”, dijo la nana. Estábamos en una banqueta alta y muy limpia frente a las luminosas vitrinas del almacén Rosenberg, enfrente del Fu Lu Sho, en donde no dejaban de entrar y salir chinos.

La avenida estaba bulliciosa y alegre, y poco a poco se fueron ocupando todos los espacios por entusiastas mirones. Los carros y perros callejeros no dejaban de pasar, señal de que aún quedaba rato para esperar. En la canasta de junco, mi tía Lucita había colocado banderitas de papel para saludar al atleta, unos guantes colorados de lana que nos había traído a regalar de Chicago, y el pequeño radio de transistores recubierto de cuero que mi hermano hacía funcionar subiendo y bajando una antena de metal, para buscar la señal y mantenernos informados.

A las seis en punto de la tarde se escucharon los cañonazos del parque y todos nos pusimos de pie. Un señorón de traje completo, bigotito envaselinado y ralo con sombrero de ala caída, que parecía licenciado, comenzó a cantar el himno con voz sonora de barítono. Todos seguimos la tonada como micos electrizados (continuará).

Publicidad


Esto te puede interesar

noticia Isela Espinoza/elPeriódico
PepsiCo y el BID firman alianza para beneficiar a agricultoras

El Fondo para Agricultura de Nueva Generación está dirigido a 40 micro y pequeñas empresas de las cadenas de suministro de papa.

noticia AFP
URGENTE: Evacúan edificios del Congreso de EEUU mientras partidarios de Trump protestan en el Capitolio
noticia Miguel Ángel Sandoval
Vacuna gratuita para todos

‘“Fue necesario que el Estado actuara donde el mercado había fracasado”.’



Más en esta sección

Más de 9 mil migrantes hondureños han ingresado a Guatemala para avanzar a EE. UU.

otras-noticias

Precio de la vacuna contra el COVID-19 será público

otras-noticias

La verdad sobre la turba de Trump

otras-noticias

Publicidad