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¡Qué viva el guaro!

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Hace un par de sábados, pasada la media noche, escuché un estruendo frente a mi casa y pensé que se trataba de un choque, aunque vivo en una colonia residencial cerrada y las condiciones allí para hacer carreras y chocarse no son las mejores. Al salir, me topé con un carro empotrado al otro de la calle contra la puerta del garaje y parte de la pared del vecino de enfrente. Cuando abrí la portezuela del chofer, vi que se trataba de un jovencito que estaba más borracho que una cuba. Tenía veintitrés años, pero no tenía ni puta idea de lo que había sucedido. Lo examiné superficialmente mientras se balanceaba como una marioneta sin poder articular una sola frase coherente. Por suerte no estaba herido, así que le expliqué lo que había pasado, mientras se aferraba a mi camisa y me miraba con ojos desorbitados. Al cabo de unos minutos, llegaron los guardias de la colonia y otras personas –en cuenta el dueño de la casa afectada–, y el muchacho logró explicar que su último recuerdo era verse saliendo de los chupaderos de la Universidad de San Carlos, pero de allí pa’lante…sombras nada más. Que vivía solo –afirmó–, pues sus papás eran de Mazate, y que estudiaba veterinaria. “Hágame huevos, por favor”, me repetía con tono suplicante para que lo dejáramos ir a su casa en su carro, a varias cuadras de allí. Pero lo convencí de que era imposible, debido al estado tanto de él como de su automóvil, y que la única alternativa era dejar la llave, la licencia y los papeles del auto al dueño de la casa, y que al día siguiente, ya sobrio, fuera a arreglar el problema. Lo que, en efecto, hizo: el domingo pasó, llegó a un acuerdo con el propietario del garaje, fue a mi casa a darme las gracias por haberlo ayudado, y se fue con el auto o lo que quedaba de él.

Todo esto me dejó inquieto y pensativo. ¡Con qué facilidad este patojo habría podido matar a otras personas o hubiera podido matarse a sí mismo, sin darse cuenta siquiera, y sin remordimiento alguno! ¡Qué “soca” –como decimos–, qué “talega”, qué “moronga”, la que se traía! Hace rato que no veía de cerca a alguien con una borrachera de ese calibre. Los he visto, sí, con frecuencia, pero de lejos, cuando paso en las tardes o noches frente a los famosos chupaderos de la Universidad de San Carlos atestados de estudiantes, muchos de ellos y ellas zigzagueando rumbo a sus carros y casas, a veces gateando y vomitando, mientras de esos bodegones o hangares improvisados sale un masivo estertor de ritmos mexicanos y colombianos mezclados a olores de guaro y de aserrín que le otorgan al conjunto un patético aire de nacionalismo guatemalteco. Y es algo que no entiendo: la Universidad de San Carlos es la única universidad pública del mundo, que yo sepa, donde en lugar de estar rodeada de cafés y de librerías, de venta de artículos universitarios, está exclusivamente rodeada de chupaderos. Y quien dice chupaderos, dice lugares sombríos, apestosos a guaro y a meados, donde la juventud chapina parece sentirse verdaderamente en su salsa. En Cali, Colombia, donde trabajé durante tres años, las universidades estaban rodeadas de librerías y también de bailaderos donde, además de bailar, se tomaba moderadamente. Pero en el tiempo que estuve frecuentando esos lugares, jamás vi a nadie borracho y menos a cuatro patas en la acera, y curiosamente tampoco presencié una disputa o una pelea, pues creo que la gente iba fundamentalmente a divertirse allí, a mover el esqueleto y a celebrar la vida porque estaba contenta, y no para ver si lograba ponerse contenta.

En fin, es un tema que he abordado en otras ocasiones: el de la importancia del guaro en nuestra sociedad. Es un misterio que necesitaría ser ampliamente analizado por diferentes tipos de profesionales, y no en último lugar, por los fabricantes de bebidas alcohólicas ellos mismos, que no solo se han forrado de plata, sino que siempre quieren mostrarse ante el mundo como uno de los sectores industriales más progresistas y patrióticos del país, una especie de símbolo nacional, cosa que yo jamás he comprendido. Y bueno, mientras tanto, acuérdense que la semana próxima celebramos nuestra independencia, motivo para chupar entonces doblemente, ¡así somos, qué le vamos a hacer, salucita!     

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