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Columnistas

Raquítica y deforme

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EL BOBO DE LA CAJA

No hace falta ser zurdo para notar que las sociedades muestran una estructura piramidal: los pobres abajo, los ricos en el pico y la clase media en el centro. Reconocer la estratificación de clases no es izquierdismo sino principio de la más elemental sociología necesaria para captar, por ejemplo, cómo la presunta depuración del sistema en Guatemala nos afecta (y nos concierne) de manera distinta a unos y a otros.

Los que están en el pico lo tienen clarísimo. El resto, no tanto: la clase media, que por lo general es el caldo de cultivo donde se gestan los cambios sociales importantes, en nuestro país está reducida a su mínima expresión como consecuencia del sofocamiento económico, la represión ideológica, el fraccionamiento étnico-cultural, el desahucio intelectual y la enajenación mediática.

Desatendida por las instituciones del Estado (que sigue gobernando para beneficio de sí misma y de las mafias corporativas), presionada desde arriba (porque el poder concentrado en unos pocos inhibe el desarrollo de todos los demás) y a la vez succionada hacia abajo (si no se cuenta con seguro médico ni crédito bancario, basta con sufrir un accidente grave o contraer una enfermedad crónica para caer en precipicio a los inframundos de la pobreza), así languidece, raquítica en número y peso específico, la clase media.

Y no sólo raquítica sino, para colmo, deforme: lejos de ser un espacio ancho y prolífico de interacciones, lo que hay es una franja estrecha, vertical y excluyente en la que los segmentos acomodados (aspiracionales, imitativos y a menudo cómplices del poder dominante) ningunean con desprecio a sus pares de abajo –los maestros, los artesanos, los técnicos con diploma, los pequeños comerciantes, la burocracia rasa, los oficinistas subalternos.

Algo similar ocurre en el modo como el clasemediero capitalino observa, o sencillamente ignora, a su contraparte departamental: salvo notables excepciones, no hay una comprensión de la realidad rural, ni mucho menos empatía para con ésta. Sus dinámicas particulares, sus carencias, sus amenazas, sus desafíos, incluso sus oportunidades les son ajenas.

Torpe, suicida, disperso, cruzado de brazos, inconsciente de su posición en la sociedad y de su potencial en ella, el clasemediero se hace entonces a un lado entregándose a lo único que conoce: trabajar, consumir, evadirse.

O, en el mejor de los casos, se siente parte de algo importante, se vende a sí mismo la ilusión de que en Guatemala las cosas están cambiando y se deleita con el chupete de creer que su aporte ha sido decisivo en el curso de los acontecimientos.

Pero sigue atado. Atado en lo económico porque sus ingresos, su pan diario depende de obedecer a jefes o de agradar a patrones o de alcahuetear a clientes o de negociar con proveedores en un sistema que privilegia el compadraje, la transa, el chanchullo, y empuja a la servidumbre en vez de promover una base de oportunidades necesaria para salir adelante dignamente, de manera honrada y en igualdad de condiciones.

Y atado también en lo ideológico porque su pensamiento se da en consonancia con intereses que no son los suyos. ¿Por qué algunas sociedades son más equitativas que la nuestra? ¿Cómo fortalecer a la clase media? ¿Cómo ensancharla? Nuestro posible ‘sujeto de cambio’ apenas se detiene a meditar en eso.

Su praxis consiste en competir y, de ser necesario, obstruir al prójimo. No se le ocurre cooperar con él. Teje sueños, ambiciona, emprende, obtiene logros para sí mismo… y para sus opresores.

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