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Lázaro

opinion

Viaje al centro de los libros

Luis Cardoza y Aragón (1904-1992), nuestro poeta cimero del siglo XX, escribió al final de sus días el poema Lázaro, donde se resiste a desaparecer de la tierra y grita: “Acabo de nacer y ya estoy muerto. / Yo no solo nací para morirme. / A cada instante pierdo la vida y la reencuentro. / Yo no solo nací para pudrirme”. Un poema póstumo que publicó Ediciones Era de México, dos años después de su desaparición física.

La lectura es aterradora. El autor se viste de Lázaro y entiende que “Parpadeamos / Somos viejos”, porque la vida pasa volando, y como en las Coplas de Manrique “Los cuervos amarillos / Vienen y van al mar / Cementerios de ríos.” Cardoza reclama al creador, en quien afirma no creer, que le haya concedido la vida si luego no ha de ser eterna, aunque en arranques de furiosa virilidad exprese que: “Y no saber a dónde vamos ni de dónde vinimos. / ¡Un comino! / Yo soy el infinito”.

Lázaro regresa de la muerte y la experiencia es dolorosa, porque tendrá que repetir el tránsito efímero por una realidad que duele, donde la vida diaria se compara con las noches de insomnio, sin otro quehacer sino ver caer la lluvia, sintiéndose náufrago, indultado y fraudulento, como “un prorrogado”. Al final de cuentas el resucitado no llega a entender si está vivo o muerto. En realidad el poeta escribía aguardando con toda lucidez su tránsito inevitable, sumido en su casa del Callejón de las Flores, en Coyoacán, añorando a Lya Kostakowsky, quien lo acompañó en su paso por el mundo, y el paisaje antigüeño de volcanes. El último verso es connotativo: “Linda, la vida”.

El poema se clava profundo en la conciencia, porque su autor se opone a convertirse en mineral. Es un anciano que escribe con la misma intensidad de su atrevimiento en la Pequeña sinfonía del Nuevo Mundo o Poemas, sus libros intensos de juventud, y logra atraer/conducir al lector al abismo de la muerte, porque: “¿No todos los hombres soñamos los mismos sueños? / Aquel viejo mendigo y aquel pellejo que fue bello / Soñaron cosas prodigiosas y simples que los sobrepasaron. / El más mísero niño como príncipe sueña del gran imperio asirio. / Abatidos son por el mismo sol, el mismo viento la hojas meciendo / de olivos de Betania. / Tú crees que es la noche, y no hay día siguiente. / ¿Acaso hubo ayer?”. Lázaro es un poema alucinante, que resucita al poeta en la lectura.

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