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Del susto y la pérdida del alma

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Lado b

Tuve dos abuelas maravillosas que me enseñaron el poder curativo de ciertas prácticas heterodoxas. Lo mismo te ponían en el ombligo un pan sándwich con aceite de oliva para curarte el empacho, que te sobaban con chilca para cuidarte de las malas influencias. Yo no sé si esas prácticas las tomaron de la medicina maya o ancestral o de cualquier otro lado, ya que eran tiempos en que la multiculturalidad, o lo que sea, simplemente se asumía en lo cotidiano sin darle muchas vueltas al asunto. “Que el espíritu de los naturales te acompañe”, me dijo mi abuela Raquel antes de salir al destierro. Frase extraña en ella que era antigüeña, católica y a todas luces mestiza. También me regaló una magnífica del viajero con un cromito del Hermano Pedro y el día que la perdí, me desmoroné por completo. Por primera vez me sentí solo, desprotegido, viviendo un gran absurdo en medio de un país que no era el mío. Años después, durante la santificación de Pedro de Bethancourt (que para mí fue un acontecimiento importante, a pesar de que soy racionalista y ateo), me compré otra que siempre me acompaña en la cartera.

Con mis abuelas (las dos maternas, por complicado que parezca) me recorrí medio país en camioneta. Eran en verdad curiosas y les fascinaba andar de un lado para otro, por lo general visitando parientes extraños de los cuales nunca supe a cabalidad el grado de consanguinidad que nos unía. De estos viajes yo siempre regresaba con mal de ojo, que la verdad nunca tuvo que ver con la conjuntivitis, sino con esa fiebre o ese malestar que produce el agobio, el cansancio, la insolación, el mareo… todo mezclado. Pero ellas no se complicaban la vida y lo achacaban a la energía negativa que producían las malas miradas. O algo así, nunca lo comprendí del todo. Por supuesto que era un poco extraño que te tendieran desnudo en la cama y te frotaran un huevo por todo el cuerpo, para luego ponerlo en una palangana con agua y darse cuenta de la gravedad del maleficio del que te habían librado. Extraño, pero no traumatizante. Es más, hay veces en que he estado tentado a regresar a este particular método terapeútico. Yo no sé si la práctica tenía algún efecto curativo real, pero el poder de la imaginación mueve montañas, de eso sí estoy seguro.

Quizá por eso, toda esa discusión sobre si está bien o no que el Ministerio de Salud reconozca el mal de ojo o la pérdida del alma (precioso nombre para el vahído), como enfermedades a tratar en los centros de salud, me suena ociosa y hasta pedante, como de gringos que no tienen idea alguna de lo que es crecer en trópico. Yo personalmente prefiero que se me alboroten las lombrices a tener una gastroenteritis. Hay algo de justicia poética en el asunto. Además lo comprendo mejor, ya que lo de “gastro” lo entiendo, pero lo de “enteritis”, a saber. Por otra parte celebro, y lo digo muy en serio, que se le empiece a dar importancia al susto. He vivido en este país por más de 50 años y se que habitar aquí en muchos de nosotros ha producido eso… mucho susto. En la medida en que reconozcamos el susto como una enfermedad, estoy seguro de que podremos resolver varios de nuestros traumas como una sociedad violenta, angustiada, reprimida, temerosa. En la época en que en Europa extraerle una muela a alguien era parecido a un acto de tortura, los mayas ya conocían y aplicaban la anestesia… eso nos debería decir algo.

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