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Columnistas

La marea verde

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SOBREMESA

Subida en el bordillo de un arriate, frente a la Corte Suprema de Justicia, veo pasar la marea verde. Miles de corredores van en estampida deportiva por la Séptima Avenida, apoderándose de las calles con todo su vigor, entusiasmo y energía. La ciudad está de fiesta y la gente sale a participar o festejar la proeza y el esfuerzo de los deportistas, para quienes lo más importante no es la medalla que lucirán colgada del cuello al llegar a la meta, sino participar en la justa de los 21K.

Me emociona hasta las lágrimas la fiesta cívica y democrática, pero sobre todo por participar de la sintonía y el entusiasmo, como cuando hace un año llenamos la plaza, aunque en este caso con fin deportivo, en nuestras propias olimpiadas capitalinas, que son las que cuentan más porque son muchos quienes participan corriendo y otros caminando, animando a los propios o, simplemente alucinados con el paseo y la belleza de las calles de la ciudad.

Vamos recorriendo el Centro alegres reconociendo lo propio, lo familiar, el vecindario tradicional con sus casas en forma de cajas de zapato o adornadas con cascarones y columnatas de cemento. La panadería Las Victorias, el Lux y la casa maternal con enrejada de hierro, el balcón para las serenatas y el tocador en forma de herradura de caballo.

Aprovechamos las vías dispuestas para los corredores para caminar libremente y visitar el altar del maladrón del Calvario, personaje que le quitó el sueño a Miguel Ángel Asturias porque, ¿qué culpa tenía Gestas para irse al infierno o ser el malo de la película?

Al fondo de la Sexta avenida “A” destaca el antiguo Palacio de la Policía Nacional, edificación ubiquista de estilo ecléctico neogótico, copia de palacete español, singular porque en los crueles años del gobierno de Lucas se cuenta que existían los cuartitos de interrogación y tortura, justo a su lado, se luce el portento neoclásico de la iglesia de San Francisco. Hubo un tiempo, según los decires de siempre cuando los padres franciscanos salían de la iglesia caminando y llegaban hasta Escuintla sin salir de sus propiedades.

Frente a Santa Clara aplaudimos al keniano ganador de la maratón quien no corría sino daba zancadas de gigante. No podíamos seguir el paso sin saludar a Jesús del Pensamiento. Los lugares, los miedos y los nombres que poblaron mi infancia los tenía de nuevo en la mano: Jesús está pensativo y encarcelado detrás de un vidrio, y, frente a él, está el reclinatorio en donde fui testigo que se arrodillaba la gente del barrio cuando necesitaban respuestas divinas.

A pocos pasos, el legendario Fu lu sho y la casa colonial de la familia Pavón convertida en panadería, muestra viva de la arquitectura doméstica de la clase acomodada durante el periodo colonial: el Nuevo Museo del Paseo.

La sexta lucía animada y festiva con las melodías de las bandas marciales escolares, los grupos de música tecno y cientos de banderas. Logramos sacarle ventaja a los corredores y llegar al cuadrante del Parque. El cielo estaba despejado y limpio, y la fiesta popular invadió la Plaza. El repique de las campanas de la misa daban la bienvenida a los corredores vestidos de verde. Oigo decir a una maratonista “pero qué linda es Guate”.

Debo confesar, me siento muy a gusto en el Centro, mi terruño, mi casa; en donde dejé enterrado el cordón umbilical y nacieron mis antepasados.

El Centro es nuestro mayor patrimonio urbano y el área más extensa, democrática y libre para el esparcimiento social con que contamos los capitalinos. No tiene garitas ni restricciones de paso o necesidad de DPI para ingresar o salir. Es nuestro lugar común, punto de encuentro, en donde un día arrancó nuestra historia citadina.

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