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Vivir para trabajar

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Hay una paradoja absurda en las clases medias y superiores urbanas guatemaltecas que consiste en creer -y predicar a los cuatro vientos- que la libertad es nuestra presea más querida, cuando en realidad no tenemos ni un carajo de idea de lo que estamos hablando, esclavizados como estamos por una organización social y exigencias de rendimiento que nos obligan a llevar modos de vida que ni siquiera los norcoreanos más pisados querrían para sí si las conocieran.

El otro día hablé de las horas interminables que perdemos para desplazarnos de un sitio a otro, de la inoperancia del transporte público, de lo absurdo de estar cuatro y hasta cinco horas todos los días en autobús o en automóvil en carreteras inseguras y maltrechas desde la madrugada para poder ir al trabajo, y luego de noche, para volver a casa hechos polvo a realizar tareas domésticas. ¿Pero qué mierda de vida es esta? Y nos venden toda esta porquería como si fuera un oasis de realización personal gracias al acceso al consumo de objetos por medio de la famosa carta de crédito, ¡sí señor!, ahora en modalidad Platinium. ¡Hágame usted el favor!

Uno de los orígenes de este sinsentido son los errores de urbanización, la mala o ausente planificación de las ciudades y de las viviendas, la inexistencia de lugares de trabajo y de servicios cercanos debido a especulaciones sobre el territorio, a chanchullos, a sobornos, en fin, a toda esa mentalidad de gángsteres sicilianos que caracteriza a nuestros políticos y muchos empresarios. Mis amigos que viven en la carretera a El Salvador habitan en hermosas casas o condominios que recuerdan a las urbanizaciones gringas de las revistas. Sin embargo, van allí solamente a dormir, pues son ciudadelas-dormitorio donde uno repone la fuerza de trabajo gastada en la oficina y en los atascos automovilísticos. Y capri c’est fini, como decía una canción. ¿Quieres ir a pie a comprar fósforos, azúcar o pan a la tienda? ¡No hay ni una pinche tienda en tres kilómetros a la redonda! Entonces descubres que eres un prisionero libre, casi atragantado por ese exceso de libertad, y no sabes qué cojones hacer con ella, ya ni energía tienes para leer un libro, lo único que se te ocurre es servirte un whisky y tirarte a la cama a ver la tele donde ‘CNN’ te dice que vives en el mejor de los mundos y que debes agradecer el no estar ni en Cuba ni en Venezuela, ni en Vietnam, ni siquiera en Suecia o Noruega, donde el Estado te quita y te da todo, como hizo tu papá contigo o tú con tus hijos. Sí, que este es el maravilloso y sacrificado precio de la libertad.

Igual sucede con las personas de sectores populares que vuelven rendidas a sus casas en barriadas lejanas, repartidas en los suburbios de la ciudad. Regresan simplemente a dormir. Y como tienen que madrugar (el horario promedio para levantarse es entre tres y media y cuatro de la madrugada), preparan algo de comida y ni siquiera les queda tiempo para intercambios ni conversaciones familiares, pues la prioridad es recuperar la fuerza de trabajo. Así, cientos de miles de personas, probablemente millones, en todo el país, que llevan ritmos de trabajo infernales, y cuyas compensaciones materiales son insuficientes. Visto el déficit que tiene nuestra población en temas de salud, de mortandad infantil, de analfabetismo y de perspectivas hacia el futuro, podemos inferir que este modelo de vida, este tipo de funcionamiento de sociedad y de país, esta manera de vivir, no es seguramente ni la más justa ni la más inteligente para progresar o para construir un país medianamente digno. Sin embargo, en las encuestas, ¡aparecemos como una de las poblaciones más felices del mundo! En fin, al menos tenemos la sensación de ser libres y de ser un pueblo super-consentido y bendecido de dios.

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