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Cómo romper esas cadenas

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EL BOBO DE LA CAJA

Voy a referirme a dos acontecimientos sin aparente relación entre sí; el primero, ocurrido en Guatemala hace poco más de un año, se refiere a la divulgación del escándalo de ‘La Línea’; el segundo, remontado al 2008, es de envergadura mundial y tiene que ver con el desplome de las bolsas de valores.

Los medios de comunicación, el parte oficial que ofrecen las dependencias gubernamentales, las instituciones cívicas, políticas y religiosas nos transmiten la idea de una toma de conciencia popular: olas expansivas de indignados, activismo a gran escala en redes sociales, protestas multitudinarias, primaveras democráticas.

Guatemala ya despertó, repiten las consignas. Esto apenas empieza. No más impunidad. La lucha contra la corrupción –decimos ahora– nos concierne, nos involucra a todos. La podredumbre arrastra no sólo al gremio de los políticos sino al de los empresarios, y las cosas no se resuelven metiendo a los malos en la cárcel porque el problema va más allá de las personas, más allá de los individuos: es un problema sistémico.

Detrás de la crisis económica global, detrás del tsunami político en Guatemala está la bancarrota moral del sistema, podrido hasta la médula, guiado por incentivos perversos: acumulación material, competencia rapaz, lucro desmedido, codicia infinita. A eso le llamamos éxito, y se nos va la vida persiguiéndolo.

En un acto de cinismo sin precedentes hemos visto a los implicados defenderse en tribunales, negando los hechos. “Yo no hice nada”, sostienen, con una mueca de ofensa después de huevear a manos llenas.

Sin asomo de remordimiento ni temor a las represalias vimos también a los capos de la élite financiera planetaria declarar, con pelos y señales, cómo fraguaron su estafa. Premeditación. Ventaja. Alevosía. Algunos están presos, la mayoría sigue libre, como si nada.

Ni siquiera se molestaron en disimular sus abusos. Los hechos quedaron expuestos con total desparpajo, pero el poder de los banqueros es tal que casi no hubo represalias. Al contrario, el remedio consistió en socializar las perdidas mientras se privatizaban las ganancias: para los guardianes del dinero, el salvataje y la indemnización; para el ciudadano de a pie, el impacto y las consecuencias de la crisis.

Mientras tanto, la clase media sortea el infortunio entre la impotencia, la ignorancia y la resignación, desplazando su rabia en unas cuántas manzanas podridas a falta de aplomo para cortar el árbol entero hasta la raíz. Asqueada de la política, se niega a participar; y así, al no involucrarse en el cambio, pasa a ser parte del problema. Un estorbo.

Ha perdido la fe en una vida más digna. Acostumbrada a sólo producir y consumir, ha olvidado el motivo de su existencia. Ser clasemediero equivale por lo regular a ser un pelele, un cobarde. En el fondo, no quiere cambiar. “Mejor dejar las cosas así”, se repite mil veces, sabiendo que siempre es posible estar peor.

Y aún si quisiera cambiar las cosas, no puede, el sistema lo tiene encadenado por partida doble, en una relación de dependencia que es económica (compromisos de trabajo, deudas, hipotecas, embargos) pero que también es psicológica (al adoptar como propia la idiosincrasia de un ‘sentido común’ opuesto a sus intereses; ceder a la abulia, rendirse sin haber hecho un esfuerzo siquiera).

¿Cómo romper esas cadenas económicas e ideológicas?

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