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Hablar o no hablar, he allí la cuestión

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Algunas personas aseguran de manera lapidaria que no se puede hablar o juzgar sobre lo que no se ha vivido. Si así fuera, no podríamos hablar de nada. Por ejemplo, puesto que yo no manejo automóvil, jamás podré emitir opinión o juicio alguno sobre los conductores de auto. O como no soy oligarca, tampoco podría hablar de la oligarquía, ya que me sería imposible entenderla. O no podría expresarme sobre los que tienen cáncer, o esquizofrenia, porque no padezco esas enfermedades. Tampoco podríamos juzgar el nazismo, porque no lo hemos vivido. ¿Se entiende lo que quiero decir? Siguiendo esa idea extrema, sería también ilegítimo hacer comentarios o juicios (acertados o desacertados, eso ya es harina de otro costal) sobre el mundo indígena, porque no somos indígenas (lo que equivaldría a decir, igualmente, que los indígenas tampoco podrían comentar nada de otros pueblos).

Entiendo que hablar de lo que no se conoce es arriesgado, y a menudo se sacan conclusiones equivocadas e injustas. Sin embargo, es importante tener en cuenta que la realidad no se reduce a la realidad histórica y social, ya que hay planos cognitivos, afectivos y estéticos, o diferentes niveles lógicos, para interpretar la realidad, y que la vida no es un relato unívoco construido a posteriori en una facultad de ciencias sociales. Igualmente, en lo que se refiere al arte, por ejemplo, una obra cinematográfica de ficción –o una novela– no puede ser juzgada con los mismos parámetros con que juzgamos una película documental o una investigación. Si lo hiciéramos, habría que tirar entonces a Tarantino, a García Márquez, y las tragedias de Sófocles y los relatos de la Eneida a la basura, por falsear aspectos de la realidad, por crear y fomentar mitos y prejuicios, por mostrar aspectos “no verdaderos” o “no fidedignos” acerca de los pueblos en los que se desarrolla la acción, y ya de último, por haber “irrespetado” la dignidad y la sensibilidad de algunos miembros de esas culturas.

Si cada película donde aparecen gringos borrachos y algunos asesinos tuviera que pasar por las manos de censores fundamentalistas, seguramente que serían desaprobadas por no reflejar la condición general de los norteamericanos que, en su mayoría, no son ni alcohólicos, ni asesinos. En este sentido, recuerdo la gran polémica que desencadenó en Europa la película Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola. Las discusiones fueron acérrimas porque un bando, el de los “social-realistas”, decía que era inadmisible que una guerra tan injusta y cruel como la de Vietnam se convirtiera en una apoteosis de belleza y horror, un espectáculo en el que “el mal” aparecía como algo hermoso. Yo pertenecía a este bando, y le reprochábamos al autor el haber hecho abstracción de aspectos terribles y dolorosos de la guerra, el haber ignorado dimensiones objetivas e históricas que, al faltar, no le rendían justicia a la realidad ni a los vietnamitas. En esa época, yo me había convertido –casado como lo estaba, con una vietnamita– en una especie de comisario moral o embajador ad-honorem de la causa vietnamita, un típico representante de la mala conciencia blanca o colonial, un poco como en Guatemala hay un buen número de ladinos que se han convertido de pronto en exaltados defensores de la “mayidad”, incluso con más fervor y vehemencia que los mismos indígenas.

El caso es que con el tiempo –y gracias precisamente a mi esposa–, fui descubriendo que Apocalypse Now era una de las películas más veraces y trascendentes que la historia del cine haya producido, no solo contra la guerra de Vietnam, sino contra todas las guerras. Y pude entender que ninguna obra de arte vehicula una sola significación o una sola verdad, que todas son polívocas en su esencia o permiten encontrar diferentes sentidos. Y que si la obra está bien hecha, nos invitará a indagar y a sumergirnos en la complejidad fascinante  y contradictoria de la vida.

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