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Escupideras

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SOBREMESA

Como lo referimos en nuestra última nota, la función primordial de las escupideras era atrapar la escupida, excreciones salivares, masticaciones o el gargajo espeso y maloliente principalmente del género masculino. Recién tuve la oportunidad de apreciar algunas de estas magníficas escupideras, recuerdos de familia que han sobrevivido la debacle del tiempo, los movimientos telúricos hasta al cambio de costumbres y exigencias higiénicas, imágenes que me llevaron de vuelta y de la mano a las historias que de niña, muchas veces le oí contar a mi madre.

“Llegaban con el reloj y las campanas de Catedral”, nos decía. “A las cuatro en punto de la tarde”. Dos toquidos fuertes y secos en la puerta de calle anunciaban la llegada de don Luis y don Arturo, amigos inseparables del abuelo, quienes lo pasaban a recoger para asistir a la función del cine de la cinco.

Llegaban siempre puntuales, masticando confites negros y chiclosos con sabor de orozuz o gomitas francesas de eucalipto con piquete de ciprés, para refrescar el aliento. Vestían traje completo oscuro, corbata florida y tirantes para detenerse la panza. Iban muy bien acicalados y peinados, bañados con tanta colonia de violetas, que por el aroma dulce y florido que flotaba por los corredores, se sabía que ya eran más de las cuatro y que el abuelo estaba a punto de partir a su sagrada actividad vespertina.

Mi madre los observaba desde la vidriera del comedor. Dejaban el sombrero en la paragüera, se miraban por un instante en el espejo redondo y se peinaban el mechón despeinado de la cabeza con un peinecito de carey muy fino que mi abuelo guardaba en la pequeña gaveta del mismo mueble. Luego venía el escupitajo negro y certero de pasta chiclosa de orozuz directo en el agujero central de la escupidera naranja que estaba junto de la paragüera. Luego, el ritual del pañuelo, y don Luis y don Arturo se limpiaban cuidadosamente las hebras del bigote, dándole tiempo a Dámaso, para partir, luego, los tres felices como niños al cine.

Las escupideras como aquella que había en el corredor de la casa de mis abuelos eran comunes y corrientes a principios del siglo pasado, cuando las personas, además de tener la malsana costumbre de escupir sus esputos, masticaban tabaco, chicle natural y hasta cera de abeja, sustancias melosas que iban a parar después de masticarse a las escupideras o en su defecto y por mala costumbre como ahora a la vía pública: a las calles y banquetas de la ciudad, en tiempos en que la tuberculosis y otros males pulmonares contagiosos estaban a la orden del día.

Estos adminículos de tan particular uso eran “aseados” y limpiados diariamente con lejías y jabones de coche por los empleados de casa, al igual que las bacinicas, en donde cada noche iban a parar las deposiciones nocturnas de los ciudadanos de la casa. Una mención muy especial y particular para la servidumbre de aquellas casas solariegas, en su mayoría esclavos solapados, quienes entre sus obligaciones diarias estaba la de limpiar las bacinicas y escupideras hasta dejarlas limpias y relucientes, tragándose en silencio el asco, la peste y la inmundicia depositadas en ellas, oficio que obligaba dejarlas relucientes y limpias, como nuevas, a fuerza de ñeque, periódico viejo en vez de trapo y un buen chorro de vinagre o amoníaco, en el mejor de los casos.

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