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Columnistas

De esos libros que andan por ahí

opinion

Lado b

Debo de resultar necio y hasta un tanto ingenuo, pero me sigo preguntando qué leen los presidentes, los alcaldes, los diputados o los aspirantes a tales. No para pasarles un examen ni para medir su coeficiente intelectual, sino simplemente para saber de dónde vienen, qué los motiva, a partir de qué referentes pretenden gobernarnos, qué concepción tienen del mundo en el que viven o de la sociedad a la que pertenecen, qué importancia le otorgan a la cultura o al conocimiento… en fin, cosas así de simples, pero que me despiertan curiosidad, quizá porque los libros que he leído y los que evito leer, dicen más cosas sobre mí que lo que hablo o lo que escribo. Sin la lectura no sería la persona que soy, para bien o para mal, por supuesto.

Le robo una afirmación a Gabriel Zaid, citado recientemente por Javier Cercas en una de sus columnas: “el gran problema cultural de nuestro tiempo no lo provoca la gente que no sabe leer ni escribir, sino la que no quiere leer y no para de escribir”. Yo agregaría a estos, a los que tampoco paran de hablar, de opinar, de proponer sin ningún tipo de fundamento coherente… Basta seguir por Facebook o Twitter a ciertos políticos criollos, para sumergirse en un estado de desolación total. ¿De dónde salen semejantes despropósitos, semejantes obviedades, semejantes simplezas? El problema, además, es que todos se adjudican el título de maestros o doctores. O el diploma les salió en los corn flakes o la crisis de la educación superior en el país es más grave de lo que se apercibe a simple vista.

Siempre me pareció un acto noble y respetable que, durante su mandato, François Mitterrand se tomará una tarde –no me acuerdo si al mes o a la semana– para visitar una librería en compañía de su hija. El librero le apartaba las novedades y él se tomaba su tiempo para discutir sobre las mismas. Se podrá decir cualquier cosa sobre la personalidad o el gobierno del ex Presidente francés, pero era un tipo que cuando hablaba o escribía sabía lo que estaba diciendo, uno no podía dejar de ponerle atención, cautivaba por su propiedad de expresión, su claridad de pensamiento, su conocimiento de las cosas. Célebres sus pláticas también con Margarite Duras, una de las lectoras y escritoras más complejas que produjo el siglo XX. El exmandatario la citaba para hablar de libros, de películas, de música. Su gran legado como Presidente fue una biblioteca monumental que amplía la Biblioteca Nacional de Francia, una de las más importantes en el mundo, que alberga algo así como 13 millones de libros más infinidad de otros documentos.

El domingo pasado me paseé por la Feria Municipal del Libro de La Antigua Guatemala. Fisgoneando por aquí o por allá, me encontré los dos tomos de los Diarios de André Guide a Q40, una primera edición de Romerías de Gómez Carrillo a Q90 y Los orígenes literarios del surrealismo de Anna Balakian a ¡Q20! Salí de ahí con la impresión de que me había agenciado un tesoro por muy poco dinero, de qué el problema en Guatemala no es exactamente, como nos quejábamos hace algunos años, la escasez absoluta de libros, sino las dificultades que los libros tienen para encontrar a sus lectores. “Si leés, nunca te vas a sentir solo”, me decía mi abuela, “y además te vas a evitar andar por ahí diciendo tonterías”. A ella le gustaba Pepe Milla y unos melodramas indigestos de autores oscuros, pero tenía razón, puedo asegurarlo. En unos días se inaugurará la Filgua, la Feria Nacional del Libro. Los libros circulan, están ahí. Es solo cuestión de atreverse, como diría el Marqués de Sade, a buscar o disfrutar de placeres que talvez no sabemos que existen o que no nos hemos encontrado.

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