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Columnistas

Las escupideras

opinion

SOBREMESA

Tan comunes y corrientes como lo son hoy día los basureros, los macetones o inclusive los floreros, las llamadas escupideras gozaron, y no hace mucho, de su espacio y momento de gloria en la vida cotidiana chapina.

Como  su nombre lo indica, tenían como función atrapar la escupida, excreciones salivares o el gargajo por lo general  masculino. Se colocaban en las salas, baños o zaguanes de las casas de Guatemala, e inclusive en algunos espacios públicos, en tiempos en que los hombres tenían la costumbre de masticar tabaco, sustancias aromáticas para mejorar el aliento o simplemente expulsar excreciones bucales, época en que no era mal visto gargajear o escupir en público.

Estos adminículos  tan particulares eran fabricados en  peltre, china y porcelana, como las primeras bacinicas, palanganas  y  picheles utilizados para el aseo personal. Las hacían en diversidad de colores y diseños para que combinaran con el entorno del inmueble y estuvieran  en sintonía con el gusto victoriano de la época. Con decoraciones florales o paisajes chinos, para que jugaran con el brocado de las cortinas, con el tapiz del amueblado de medallón de la sala o en peltre blanco con orillita azul para el cuarto de baño.

Eran redonditas y extendidas, de regular tamaño, como si viéramos una ensaladera o un florero pache,  y estaban cubiertas con una  tapadera de singular ingeniería: achaflanada  en dirección de un agujero central para  que la escupida o el gargajo pegajoso y maloliente del cristiano se deslizara fácilmente hasta caer en el recipiente interno.

Las escupideras de casa eran exclusivas para el uso del “señor” o los “señores” del hogar o sus amigos, y no podían ser utilizadas por los sirvientes o abastecedores de insumos que llegaban ordinariamente a la casa, como el carbonero, leñero o basurero, quienes, aunque pasaban a diario frente a ellas y se estuvieran atragantando con su esputo, les estaba  prohibido usarlas, lo que convirtió  la vía pública  en el lugar  común y permitido  para escupir,  defecar y orinar.

En la casa del abuelo Dámaso había varias de estas escupideras y como siempre fue de gusto campechano y sincero, las compraba en los almacenes de los chinos en la Quinta Avenida  y en colores  brillantes, alegres, decía,   para justificar su gusto, cuando sorprendió a la abuela con una de color naranja y la  otra, color verde menta decorada con enramadas de nomeolvides morados, la cual colocó en una esquina de la sala, junto a la consola de mármol en donde estaba entronizado, como si se tratara de la imagen del Corazón de Jesús,  el retrato al óleo de María, la finada primera esposa del abuelo; pintura  flanqueada con dos candelabros de bronce con candela de cera pura,  como si se tratara de un altar de iglesia.

Según investigaciones realizadas, los teatros más importantes y los antiguos tranvías  jalados por mulitas que circulaban  por las principales calles de la ciudad contaban con escupideras para el uso público y democrático de los usuarios,  con fin de evitar, como rezaba  una nota manuscrita clavada en  una de las paredes del carromato, que los malcriados y cochinos escupieran adentro y , menos, por favor,  en los asientos de madera en donde por lo general,  suelen sentarse  las damas.

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